Academia Femdom (III)

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Poco a poco noté como algunas facultades volvían a mi y comencé a poder mover la lengua aunque no podía ejecutar sonido alguno, era como si mis cuerdas vocales siguieran entumecidas. Clara se sentó tranquilamente y encendió uno de sus cigarros. Al ver como intentaba desesperadamente levantarme, soltó una carcajada. No pude hacer otra cosa que dejarme caer al suelo y ponerme a cuatro patas para intentar sostener mi cuerpo.

–Así me gusta, veo que vas aprendiendo. Será mejor que te acostumbres porque vas a ser mi perro durante mucho, mucho tiempo. – Dijo expulsando el humo de su boca.

Fue tirando poco a poco de su cadena, acercándome más y más a su entrepierna.

–Para agradecerme el entrenamiento al que voy a someterte y que te haya acogido podrías darme unos besos, ¿no? Vamos, ¡lame los zapatos!

A pesar de encontrarme débil, tenía consciencia de lo que hacía y por nada del mundo iba a humillarme hasta esos extremos. Viendo como me negaba a sacar la lengua, sacó lo que parecía ser una fusta de detrás del sillón. Era negra, de cuero cordado, acabada en una pala cuadrada.

De pronto se levantó y empezó a fustigarme por toda la espalda mientras colocaba un tacón en cada mano del suelo para que no intentara escapar. Mi cabeza quedaba entre sus piernas, aprisionada.

–Así que te has vuelo rebelde, ¿eh? -dijo cuando acabó de darme 10 veces. – ¡lame ahora mismo, perro de mierda! ¡Más vale que sirvas para algo!

Mi espalda estaba ardiendo y a pesar de mi estado, sabía que no tenía otra alternativa que hacer lo que ella me decía. Cuando soltó mi cabeza, fui bajando poco a poco hasta tocar con mis labios sus zapatos que seguían aprisionándome las manos.

–Así, saca la lengua y embadurna bien los tacones. Esto lo tendrás que hacer cada vez que me veas llegar de la calle a modo de saludo, como una buena mascota, ¡vamos! – grito viendo mi indecisión.

Poco a poco fui sacando la lengua y fui abrillantando sus zapatos manchados de polvo. Clara se relajó un poco y se volvió a acomodar en su silla esta vez con las piernas abiertas. Cuando se cansó de verme humillado, fue tirando poco a poco de la cadena hasta que hizo coincidir mi boca con sus bragas, teniendo su sexo al otro lado del tejido. Desde allí podía sentir su calor y oler sus flujos, los cuales se habían producido por toda la situación, ella amaba el control.

–Ahora baja mis bragas y demuéstrame que realmente sabes servir a una mujer.

Esta vez no iba a pasar por ello, y debió notarse como me iba retirando poco a poco, porque una mirada de furia me dejó petrificado. Clara tomó un pequeño mando que tenía colgado al cuello junto a la llave y apretó el botón. Una fuerte corriente eléctrica atenazo mi miembro, haciendo que cayera al suelo presa del dolor. Con la punta de su zapato, levantó poco a poco mi cara.

–Esta es la sorpresa de la que te hablé antes. Más vale que no me decepciones o tendré que utilizarlo más veces. La fusta y el látigo te parecerán caricias al lado de lo que te voy a hacer.

Poco a poco logré incorporándome. Por mis ojos caían lágrimas de impotencia por no poder utilizar la fuerza física contra Clara y poder escaparme, pero estaba claro que no tenía ninguna posibilidad. Hice amago de levantar mis manos para bajar su culotte de encaje piernas abajo, pero una bofetada me paró en seco:

–Con las manos no, animal. Hazte a la idea de que no las vas a necesitar más para utilizarlas como hasta ahora. Aprende a utilizar tu boca y tu lengua…

Con delicadeza, mordí la parte superior del culotte y ayudado por los movimientos de Clara, fui bajando hasta llegar a sus zapatos. A continuación, ella pegó mi cara con su sexo y se frotó intensamente. Sin otra salida, saque mi lengua e intente hacer el mejor trabajo de toda mi vida, porque viendo las cosas como pintaban, realmente temía por mi seguridad.

–Eres un perro rebelde, pero pronto todo eso va a cambiar. – dijo Clara mientras yo seguía complaciéndola como podía. – Tengo unas amigas que están interesadas en tu caso y me van a echar una mano para domarte.

En ese momento no entendí a lo que se refería. A pesar de todo lo sucedido, no podía dejar de albergar la esperanza de que todo aquello fuera una mera venganza y de que Clara al día siguiente me dejaría marchar si me “portaba bien”. Cada vez que tocaba su clítoris notaba como se ponía más y más húmeda. Sus piernas me aprisionaban de tal forma que apenas me dejaban respirar, mientras que con la mano libre me asía el pelo, y me empujaba hacia el fondo de su sexo. De pronto se arqueó levemente y comenzó a dejar escapar pequeños gemidos. Ignoro si le había tenido algún orgasmo, pero al rato Clara se levantó, se puso de nuevo el culotte y satisfecha, me sacó al césped. Debido a sus fuertes tirones, no pude hacer otra cosa que acompañarla y dejarme llevar a cuatro patas. Sentía con cada paso, el césped fresco bajo mis manos. Apenas podía sostenerme sobre el suelo y varias veces tropecé, recibiendo fustazos como castigo.

Por fin, llegamos a la caseta de perro, vi como una inscripción con el mismo nombre, LAMEDOR, aparecía en la puerta. Confiada en mi debilidad, soltó la correa y levanto el techo y las paredes de la caseta, dejando a la vista una base de cemento con cuatro argollas.

–Vamos, LAMEDOR, se bueno y sube aquí arriba.

Para evitar más castigos hice como me ordenaba. Vi como fijaba uno a uno cada uno de los candados de mis extremidades a las argollas de acero, dejándome inmovilizado a cuatro patas.

De repente, abrió el bolso y sacó una mordaza de bola, la cual fue colocándome poco a poco.

–Buen perrito. Todo esto es necesario, porque por si no te has dado cuenta, estás recobrando poco a poco tus facultades. – dijo terminando de poner la mordaza. -Seguramente estás algo confuso y no entiendes nada de lo que ocurre pero lo único que has de saber a partir de ahora es que serás entrenado, domado y esclavizado para convertirte en mi nuevo perro, LAMEDOR.

Empiezo a creer lo que dicen de, que el hombre es el mejor amigo de la mujer… ¿o debería de decir…el perro? – dijo sonriendo maliciosamente.

Con cuidado, volvió a colocar la pieza de la caseta con las paredes y el techo y me sumí en una oscuridad profunda. Sólo notaba su voz en el exterior.

–Será mejor que duermas, lo que puedas, porque mañana vendrán a buscarte bien temprano para empezar tu entrenamiento. Será mejor que aceptes tu nueva condición de perro y te olvides de tu vida para siempre y más te vale que sea rápido porque no tengo ni una pizca de paciencia.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado.
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