Academia Femdom (V)

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De repente, noté como la camioneta se paraba. Estaba un poco confuso por todo aquello, parecía que sólo había sido un mal sueño, pero encontrarme agazapado en aquella jaula atado de pies y manos y con mi miembro enjaulado en plástico, me trajo a la realidad. Sin embargo, ahora me sentía con energías y a pesar de no poder moverme, algunos gritos apagados se dejaron oír a través de la mordaza en forma de bola que llevaba puesta de la cual aún babeaba. Las puertas de la camioneta se abrieron y una luz tenue me dejó entrever a mis captoras que se sonrieron la una a la otra al ver mi expresión de miedo e ira contenidos. Hasta ese momento, no me había percatado en la belleza de mis captoras. Por un lado, la pelirroja presentaba unos pechos voluptuosos, que parecían querer escapar del severo uniforme negro. Ambas tenían unas piernas larguísimas acabadas en unos tacones negros de unos 6 cm.

–Mírale, está asustado.

–No te asustes perrito, pronto te vamos a convertir en un precioso y obediente perrito, ¿verdad?

–Es un paso lógico de la evolución. Las mujeres hemos dejado atrás al hombre y estáis obligados a aceptar vuestro verdadero role como animales a nuestro servicio o perecer. – Dijo la pelirroja acariciándome el pelo como a un perro. – ¿Sabes? Me gusta más capturar hombres que traer sumisos.

–A mi también me gustan más los animales salvajes. Me encanta domarlos y volverlos dóciles.

Éste por ejemplo, comerá de nuestra mano muy pronto.

–Más le vale. – dijo la pelirroja dándome un cachete en la cara.

Viendo mi imposibilidad para escapar decidí esperar el momento adecuado. Mientras descargaban mi jaula de la camioneta y comenzaban a empujarla entre las dos hasta llegar a un ascensor, pensé en mi situación. Todo parecía una locura, era como si una banda de locas me hubiera secuestrado ¡y ahora quisieran convertirme en un animal domesticado! Cuando intentaba convencerme a mi mismo de la realidad, se abrieron las puertas del ascensor y alcanzamos un pasillo largo de color verde oscuro. Luces eléctricas iluminaban tenuemente las instalaciones y a cada lado iban apareciendo algunas habitaciones cerradas por puertas de metal. Realmente, parecía una cárcel.

Mi jaula se paró justo delante de una puerta de metal en la cual aparecía un cártel:

VETERINARIA Sta. Fátima Naranjo.

Tras dar unos toques, la puerta se abrió y al otro lado aparecieron dos chicas. La más alta era una mujer de unos 25 años de pelo oscuro, bata verde y gafas de pasta. A su lado había una chica, que parecía ser una ayudante o enfermera, de pelo moreno también, con un uniforme de color verde sin mangas.

–Señorita Fátima, ¿dónde dejamos al nuevo?
–Poned la jaula encima de la mesa metálica, por favor. – respondió de forma imperativa.

Tras esto, las dos guardianas salieron por la puerta esbozando una sonrisa. El ruido de sus tacones se perdió pasillo abajo.

–Sonia, prepara el instrumental y el sedante.
–Sí, en seguida.

No comprendía lo que iban a hacerme por lo que me tuve que poner muy nervioso. Tanto, que la mujer de gafas se acercó a mi jaula con una mirada de odio que me dejó paralizado. Añadió:

–Cálmate, no tienes que ponerte nervioso. Sólo es una operación que les hacemos a todos los perros nuevos que llegan a la academia.

La doctora o lo que fuera se retiró un momento al otro lado de la sala. Sonia, se acercó con una jeringuilla en la mano y tras pincharme en el culo, se agachó hasta mis oídos:

– Shhhhhhh, tranquilízate perrito. Esto es sólo rutina. Tenemos que operarte la garganta para que puedas ladrar cómodamente y no puedas molestar a tu ama intentando imitarla al hablar. Será coser y cantar.

A continuación caí en un profundo sueño del cual no me desperté hasta horas más tarde. Me encontraba dentro de una jaula minúscula. Mi primer impulso fue pedir socorro, pero advertí con horror como no salía de mi garganta más que un leve gruñido. Ahora entendía las palabras de la enfermera. Me dolía la garganta y notaba como algo aprisionaba mis extremidades de forma que no me dejaban apenas hacer movimientos. Una especie de guantes con garras me englobaban las manos y mis piernas estaban dobladas hacia atrás en una incómoda postura. Para colmo, una especie de más cara cubría mi rostro y aunque me permitía respirar perfectamente, no se podía ver, excepto a través de dos orificios pequeños que filtraban el color, dejándome ver únicamente en blanco y negro. Para colmo, notaba una sensación extraña en mi ano, era como si me hubieran introducido algo, que confirme cuando vi como una cola aparecía entre mis piernas. El cinturón de castidad seguía allí, ocasionándome si puede ser, aún más incomodidad en mi esperpéntica situación.

Decidí mirar a mi alrededor y cual sería mi sorpresa, vi como mi jaula no era más que un componente de un bloque de jaulas que amontonadas ocupaba una pared. Dentro de ellas, pude observar como otros hombres-perro ocupaban sus jaulas en silencio. Me llamó la atención el silencio que había en la pequeña habitación, pero recordé la operación que acababa de sufrir, que sólo nos permitía dar flojos gruñidos y ladridos. Estábamos completamente en manos de las mujeres, nos utilizarían a su antojo, tratándonos como a verdaderos animales y ya no habría vuelta atrás. Incluso yo parecía que empezaba a concienciarme, así que imite la postura de los otros y me tumbé boca abajo.

La habitación era pequeña, sin ventana exterior. A excepción de las jaulas, estaba completamente vacía. La puerta que daba al exterior era metálica. Se podía observar como toda la habitación se encontraba aislada del exterior de forma que ningún ruido entrara o saliera de ella.

Pasaron las horas y el hambre empezó a apretar. Intenté quedarme quieto y no pensar en nada. No sé cuánto tiempo pasó hasta que oí la puerta abrirse. Me incorporé como pude y desde lo alto de la pila de jaulas pude observar como entraba una mujer. El repiqueteo furioso de sus tacones se oía fuertemente en la sala. Se trataba de una chica rubia, que apenas pasaría de los 20 años. Su rostro era angelical, de una blancura excepcional y sin imperfecciones. Sus ojos eran azul claro y llevaba el pelo rubio suelto bajo el sombrerito de su uniforme negro, como el de las dos guardianas. Sus pechos no eran de gran tamaño, pero presentaba un escote que los hacía muy atrayentes. Pude observar también como llevaba en una mano una fusta larga y en la otra una correa. Me extraño su juventud teniendo en cuenta las labores que desempeñaría en la academia. No creía que una adolescente pudiera tener el genio suficiente para controlar a hombres que incluso podrían llegar a doblarle la edad. Sin embargo, me equivocaba…

– Así que tu eres LAMEDOR – dijo dirigiéndose a mi jaula y echándome una mirada de enfado. – Soy Irene, tu tutora personal. Yo llevaré a cabo tu doma hasta convertirte en un buen animal doméstico. Todos los perros al principio tienen dudas de mis capacidades… pero muy pronto entenderás porque me llaman el ama de hierro.

Poco a poco, introdujo su mano en las rejas de mi jaula y me acarició la cara por encima de la máscara. A continuación se giró y se dirigió a la salida.

– Mañana empezará tu entrenamiento, así que más vale que descanses. – dijo mientras abría la puerta. – Ah! Se me olvidaba. Hoy no vas a comer, así mañana tendrás más hambre para el desayuno. Tu dueña nos indicó que le gustaría quitarte unos kilos de más y después tonificarte y de eso me voy a ocupar yo.

La puerta se cerró de golpe y la luz eléctrica, antes encendida, se apagó de pronto. Todo quedó en silencio y oscuridad, y no pude menos que acobardarme por el incierto futuro que me esperaba en aquel lugar. ¿Podría escapar de las manos de mis captoras?

Desperté sobresaltado por un ruido metálico. Apenas abrí los ojos me encontré a Irene enfrente.

Tenía el cuerpo dolorido por la estricta posición de la jaula. Cuando intenté quejarme un sonido roncó salió de mi garganta, había olvidado la operación del primer día…

– Vaya, pobrecito, no puede hablar…- dijo Irene con un tono lastimero – No te preocupes, perrito, que pronto aprenderás a ladrar…

Irene estaba hoy exultante. Había realizado cambios en su apariencia, que se iban a prolongar a lo largo de mi estancia en la academia. Llevaba su pelo rubio liado en una coleta ladeada. Vestía un traje parecido al de montar: chaqueta negra algo desabotonada, pantalones blancos ajustados, que marcaban todo su excitante cuerpo, y botas de montar negras, brillantes y lustrosas. En una de sus manos enguantadas llevaba una fusta negra, extrañamente parecida a la que había visto en casa de Clara. En la otra mano, una correa de perro colgaba hasta el suelo.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado.
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