Academia Femdom (VI)

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Con un movimiento rápido abrió la jaula donde me encontraba. Mientras empezaba a despertarme miré a mi alrededor y me percaté de que todas las otras jaulas estaban ahora vacías. Irene fue colocando lo que parecía ser una especie de tobogán que llegaba de mi jaula al suelo. Teniendo en cuenta de que me encontraba en lo alto del montón de jaulas, se hacía más que necesario.

Desde donde me encontraba podía ver los senos de Irene, frescos y firmes, ¿cómo podía estar pensando en esas cosas en tal situación? Me quedé un momento a la expectativa, sin saber muy bien qué hacer.

– ¿A qué esperas? ¿Ya empiezas a ser desobediente?

Irene tenía un tono de voz de niña caprichosa, que pegaba perfectamente con su cara angelical.

Hasta ese momento, no me había percatado de que nunca subía el tono de voz, es como si estuviera acostumbrada a dar órdenes y a ser obedecida sin rechistar. A pesar de su aspecto inocente, su figura imponía y no estaba dispuesto a empezar a recibir golpes por no salir de la jaula.

Tanto tiempo encerrado me había dado ganas de “estirar las piernas” si es que esto era posible.

Además, notaba como mi estómago pedía comida a gritos, seguramente ahora me darían algo de comer y me dejarían hacer mis necesidades. Por fin podría librarme de ese traje tan incómodo. No sabía cuánto me equivocaba.

Irene se agachó para colocarme la cadena, se acercó a la puerta abriéndola y tiró de mí.

– Vamos, perrito.

Al principio me costaba un poco andar con aquellas ataduras. No estaba acostumbrado a ir a cuatro patas y andar unos pocos metros me molestaba. Irene continuó avanzando hacia el fondo del pasillo. Desde la altura donde me encontraba sólo podía concentrarme en su estupendo trasero, firme, joven y marcado por el ceñido pantalón blanco, y en el sonido acompasado de las botas negras en el suelo. De repente, se paró delante de una puerta metálica, que abrió sin problemas. La habitación estaba vacía. Me introdujo hasta el centro de la sala, sobre un desagüe, atando mi cadena a una argolla que había en el suelo dejándome apenas libertad de movimientos.

El suelo estaba algo inclinado hacia mi dirección. Mientras observaba esto, ella se agachó a mi lado, sacó un llavero con un conjunto de llaves y me liberó del aparato de castidad. A continuación, hizo lo mismo con el dildo-cola que llevaba puesto. Estaba empezando a disfrutar la sensación de libertad cuando me sobresalté al contacto con el agua fría.

– Vamos a dejarte bien limpito. – dijo Irene acercándose con la manguera.

Para mi sorpresa, los materiales que me oprimían resultaron ser resistentes al agua por lo que no hubo necesidad de quitármelos. Cuando me hubo mojado bien, tiró la manguera al suelo y con una esponja comenzó a enjabonarme. Cuando llegó a mi ano y entrepierna, no pude evitar excitarme. Suponía que Irene me castigaría por ello, pero cuando me giré no observé ningún cambio en su rostro. Lo hacía todo maquinalmente, sin prestarme atención. Seguía sorprendiéndome el modo en que me trataba pues me hablaba lo mínimo y siempre lo hacía sin esperar ningún tipo de respuesta, como si hablara con un verdadero perro. Después de enjabonarme bien, volvió a tomar la manguera y me aclaró, esta vez con menos presión de agua.

Con delicadeza, tomaba mis orejas, que estaban en contacto con las orejas de la máscara de perro y me las acariciaba hacia atrás.

– Así me gusta, LAMEDOR, te estás portando muy bien.

Cuando terminó, colgó la manguera y me secó con una toalla. Cuál sería mi sorpresa cuando noté una ligera presión en mi ano, ¡estaba recolocándome el rabo de perro de nuevo! Me sentía totalmente humillado, pero aún saqué fuerzas para cerrarme todo lo posible y no dejarlo entrar.

– ¿Pero qué estás haciendo? – Era la primera vez que escuchaba a Irene con enfado – Abre tu culo ahora mismo o te juro que te vas a arrepentir.

He de reconocer que me acobardé un poco y cedí a su maltrato. Recordaba cómo me había pegado Clara aquel día y tuve miedo al dolor. Cuando hubo terminado, hizo lo propio con el aparato de castidad, otra vez, estaba totalmente atado. Su mirada de niña buena había cambiado y una expresión de odio se marcaba en su cara.

– Eres un indisciplinado. ¿Así es como me agradeces que hoy te haya separado de los demás para que te adaptaras más tranquilamente? Que no se vuelva a repetir.

La bofetada hizo un ruido tremendo en la sala, la cara me ardía. Con furia, me soltó de la argolla y a patadas me sacó de la sala. Seguidamente me llevó a una sala rectangular grande que ahora aparecía vacía. Podían verse una serie de bolsa de perro en el suelo con distintos nombres. Irene me hizo pararme justo delante de un bol de color rojo que llevaba inscrito mi nombre de mascota, el cual me señaló.

– Ya puedes empezar a comer.

Hasta ese momento no me había percatado del hambre que tenía. La sed también me atenazaba y decidí hacerle caso y recuperarme. Cuando me asomé al bol, descubrí las típicas bolitas secas para perros en la parte de comida y agua en el otro espacio. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido como para pensar que me pondrían comida normal? Irene se dio cuenta de mis reservas ante aquella comida, y esto pareció enfurecerla más.

– ¿Qué te pasa LAMEDOR? ¿No te gusta tu desayuno?

Mi entrenadora se agachó, y con una fuerza increíble me aplastó la cabeza contra el bol. No podía respirar, así que empecé a gruñir, sin poder hacer nada.

– ¡Come!

En un instante abrí mi boca y empecé a masticar la comida de perro. Ella se separó de mí y me observó desde arriba sosteniendo la cadena con una sonrisa. Mi humillación era máxima. El sabor de la “comida” era horrible, no sabía cómo los perros podían alimentarse de eso, yo hoy era uno de ellos. Cuando hube terminado el bol y me disponía a beber agua recibí otra bofetada que me hizo gruñir inconscientemente.

-¿Te he dado permiso para beber, perro? – dijo agachándose, estaba disfrutando con ello.

Abrió la boca y lentamente dejó resbalar por su boca una ración de saliva que fue a parar al bol.

Cuando hubo terminado, volvió a sonreír. Me estaba muriendo de sed así que no tuve otro remedio que beberme con mucho asco el agua con su regalo.

Satisfecha por su venganza, Irene me indicó que ahora que estaba limpito y comido era hora de que comenzara mi entrenamiento como perro. Para ello, me condujo a su vez por el pasillo hasta un ascensor que antes no había visto, me metió dentro y pulsó un botón. ¿Un ascensor? ¿Cuántas plantas tenía el recinto? Parecía que mi huida no iba a ser nada fácil.

Tras abrirse las puertas, vi que en el otro pasillo había más movimiento. Mujeres vestidas con el uniforme negro iban arriba y abajo haciendo resonar sus tacones. Algunas llevaban a su lado a otros perros, que las seguían dócilmente mirando al suelo. No pude hacer otra cosa que sorprenderme ante tan bizarro negocio.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado.
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