Academia Femdom (VII)

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Cuando se abrió la puerta de la siguiente sala, instintivamente me eché hacia atrás para no entrar, pero mi cuidadora tiró de la correa con tal fuerza que me hizo seguir avanzando. La sala era amplia, pero más pequeña de lo que era el comedero. Pude observar como en la pared del fondo, otros cuatro hombres (o perros) estaban atados a sus respectivas argollas en la pared. Un reloj marcaba las 8 de la mañana. Una mujer alta que estaba delante de ello se giró de pronto saludando a Irene.

– Hola Irene, así que éste es el nuevo, ¿no? – dijo acariciándome la cabeza.

– Sí, al principio parecía dócil, pero ha demostrado ser un animal salvaje. – dijo echándome una mirada fría desde arriba.

– Bueno, eso cambiará con mi clase, átalo a su sitio, por favor. Y no te olvides de pasar a recogerlo después, ¿vale? Seguro que se porta bien, ¿verdad, guapo? Dijo metiéndome unos dedos en la boca.

– Más le vale. – dijo Irene saliendo de la sala.

La mujer o la que sería mi profesora canina a partir de ese momento era una mujer de mediana edad, nada que ver con las chicas que hacían de guardianas y cuidadoras. A pesar de rozar los cuarenta años seguía siendo atractiva y sus curvas naturales se veían acentuadas por el traje de profesora que llevaba puesto. Tenía el pelo negro azabache, suelto y largo por su espalda. De tez pálida y ojos oscuros, llevaba unas gafas de pasta de color negro e iba impecablemente maquillada. Su traje estaba compuesto por una camisa de color blanco entreabierta a la altura de sus magníficos pechos y una falda negra por encima de las rodillas mostrando sus impresionantes y torneadas piernas. A diferencia del resto de las mujeres que había visto, ella terminaba su atuendo en unas botas negras de tacón medio, cosa que era lo único que iba a poder observar desde mi altura.

– Bueno LAMEDOR, soy la señorita Alicia. Como eres nuevo, tengo que enseñarte las normas básicas antes de empezar con el resto de tus amiguitos. Mira lo primero que debes de saber es que nunca podrás mirar a una mujer otra vez a la cara. Ahora te he pescado haciéndolo, pero si vuelvo a verte cometiendo una infracción tendré que corregirte, así que a partir de ahora mantén la mirada baja y confórmate con admirar los zapatos y las piernas de tu dueña.

– Respecto al lenguaje, has de aprender lenguaje no verbal, pero por ahora, podrás utilizar un ladrido como sí y dos ladridos como no, ¿has entendido?

Con una mirada, observé el comportamiento de los demás hombres. Ninguno se movía un ápice, parecía que realmente habían aceptado su condición de mascotas. Alicia se impacientó y recogiendo una regla de encima de la mesa me pegó un golpe fuerte en el trasero haciéndome aullar.

– ¿Entendiste?

No me quedó otro remedio que ladrar una vez para dar mi consentimiento.

– No te preocupes, con el tiempo te acostumbrarás.

Poco a poco, Alicia me fue explicando los puntos que debería desarrollar durante mi estancia. Me sorprendió lo ordenado y escogido que estaba el programa de domesticación. Las mujeres habían diseñado científicamente una especie de asignatura para domar a los hombres y convertirlos en vulgares marionetas.

– Los otros perritos van un poco más avanzados que tú, pero no les vendrá mal repasar un poco.

– Deberás aprender gestos caninos para comunicarte con tu ama y a ladrar correctamente. A continuación te enseñaré las posturas básicas tanto para tu vida diaria como para las órdenes que se te den. Así mismo, algunos días a la semana realizarás trabajos físicos para mejorar tu agilidad y para que te acostumbres a andar a cuatro patas. Éste es el entrenamiento básico. ¿Has entendido?

Me sorprendí a mi mismo dando un tímido ladrido, ¿estaba realmente siendo domado por mis captoras?

– Eso está mejor, haré que te conviertas en un perro sumiso y obediente a Clara. No olvides nunca que ella tiene todo derecho sobre ti y que puede castigarte como le venga en gana.

Cuando nombró a Clara me di cuenta de que ella era la amiga que le había recomendado encerrarme en aquel lugar para domarme. Me las imaginé a ambas tomando café, riéndose y planeando mi doma despreocupadamente.

– Lo primero que tenéis que hacer en cuanto veáis a una mujer, sea a vuestra ama, a una amiga o a cualquier mujer sobre la faz de la tierra es lamer sus zapatos como forma de sumisión. Comportaos realmente como un perro, no penséis nunca, actuad. A partir de ahora debéis de dejar de pensar y obedecer sin rechistar a todas las órdenes que os dé una mujer. No voy a seguir porque me voy a meter en el temario de Ultrafeminismo, empezad a chuparme los pies, a ver qué tal lo hacéis.

En cuanto dijo la última palabra los otros cuatro hombres se tiraron corriendo sobre los zapatos de Alicia para besarlos y lamerlos. Se peleaban por lamer y limpiar con la lengua los tacones, la superficie de los zapatos e incluso partes de la piel de la profesora.

Temiéndome otro reglazo, me acerqué rezagado y comencé a lamer tímidamente donde pude. La profesora dio orden al resto de hombre de que se alejaran y me dejó solo adorándola.

– Saca más la lengua, se trata de limpiar y abrillantar los zapatos de una mujer con tu saliva, aplícate el cuento.

De alguna forma y si eso era posible, me sentí forzado a hacer las cosas bien, y me dispuse a lamer frenéticamente los zapatos negros de Alicia.

– Ya está bien, atrás. – dijo Alicia levantando la regla. – Lo segundo que tienes que aprender es a esperar y recibir correctamente a tu ama. Tobby te enseñará la postura correcta. Tobby ven aquí, ¡siéntate!

Para mi sorpresa, el primero de la fila se desmarcó de los demás y se sentó erguido sobre sus piernas dobladas. La lengua le colgaba de la boca haciendo ruido.

– Ahora tú, LAMEDOR.

Con un poco de vergüenza me acerqué a Alicia y me senté de aquella forma. Era realmente incómodo y costaba mantenerse un tiempo así. De repente, Alicia metió varios de sus dedos en mi boca. Pude ver de cerca sus uñas pintadas de rojo, sacando mi lengua.

– ¡A ver si aprendes! Imita en todo a los demás. ¡Sucio perro! La lengua siempre la tienes que tener fuera para respirar, por si a tu ama le apetece escupir o apagar un cigarrillo.

Un fuerte golpe en la entrepierna me hizo caer al suelo. El día no hacía más que comenzar y la pesadilla seguía su curso. Poco a poco iba abandonando la idea de escapar, ¿sería capaz siquiera a sobrevivir sometido a tan terribles dominatrix?

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmak

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