Academia Femdom (VIII)

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Me encontraba reflexionando en mi celda. Creo que había pasado la hora más humillante de toda mi vida y no podía explicarme como en algunos momentos, al quedarme embobado mirando un trasero, siguiendo unos zapatos de tacón o simplemente obedeciendo a una mujer podía haberme excitado. ¿Eran realmente el siguiente paso en la evolución? ¿Se asentaría la supremacía femenina en el control sexual del hombre por parte de las mujeres dominantes? Por otro lado, la clase había sido muy fructífera, pero como he dicho anteriormente, muy humillante. Me habían enseñado las posturas básicas de una mascota como descansar, tumbarse, sentarse y tener siempre la lengua fuera, postura que tenía que adoptar siempre a partir de ahora.

También se me había instruido en la forma de ladrar, con sonidos reales, para poder imitarlos lo mejor posible. Lamer, moverse y hacer los típicos gestos caninos. No tenía otra salida que seguir las instrucciones de las mujeres a riesgo de recibir más golpes. Aunque al principio de la clase intenté resistirme, para el final de la sesión ya hacía todo lo que me ordenaba Alicia con rapidez, los golpes de la regla parecían igual de efectivos que los de la fusta de Clara.

Estaba en estos pensamientos cuando de pronto me empezaron a entrar unas ganas irrefrenables de ir al servicio. Sin pensármelo dos veces, comencé a gruñir y a ladrar para que me dejaran salir de la jaula. Si no me dejaban libre pronto…no podía aguantarme mucho más. Pensé para mis adentros que llevaba casi 24 horas sin hacer mis necesidades, esto no me ayudaba en nada a aguantar. De pronto, la puerta se abrió y para mi sorpresa apareció Irene con una correa en la mano. Se acercó a mi celda, y tranquilamente, me ayudó a bajar al suelo.

– Vamos LAMEDOR, es hora de dar tu vuelta por el patio y hacer cositas de perros… – dijo poniéndome la cadena y acariciándome la cabeza.

En mi interior respire con tranquilidad. Con soltura, la chica me sacó del cuarto y me introdujo en el ascensor. Esta vez no estábamos solos. Irene se puso a hablar con un ama que había a su lado. Estuve a punto de mirar hacia arriba pero el dolor que todavía sentía en mi trasero me recordó que ya no podría mirar más allá de la cintura de una mujer desde mi posición. Sólo podía observar las botas de montar relucientes de ambas mujeres.

– Hola Irene, ¿mucho trabajo? – dijo la voz sensual de la otra mujer.

– Pues sí, ahora voy a sacar a este a dar un paseo para que se alivie… – dijo Irene dándome una ligera patada en mi maltratado trasero – aunque no sé si se lo merece.

– Vamos, no seas mala. Hay que tratar a los animales con cariño, al fin y al cabo son los mejores amigos de la mujer, ¿no?

– Éste lo que necesita es mano dura, todavía está muy salvaje, pero lo voy a domesticar como que me llamo Irene.

La mujer con la que estaba hablando se agachó de pronto y se puso a mi altura acariciándome la cabeza.

– Seguro que te portas bien, ¿verdad, perrito? Si no, ya sabes lo que te puede ocurrir… – dijo la otra mujer haciendo el gesto de unas tijeras con sus dedos.

En aquel momento no entendí bien a qué se refería con aquello, aunque más adelante lo sufriría en mis propias carnes. Mientras se desarrollaba la conversación pude observar a qué estaba atado el final de la correa que llevaba la otra mujer. Se trataba de otro hombre, que como yo había caído en las garras de las mujeres de la academia. Vestido y atado de igual forma que la mía, miraba cabizbajo el suelo. En sus piernas y culo se veían marcas de azotes y golpes. Sin embargo, la forma en que se comportaba y sacaba la lengua no dejaba lugar a dudas, se encontraba en un estado más avanzado de dominación, lo habían convertido en toda una mascota. En mi interior, temblé por mi futuro, ¿me convertiría realmente en el nuevo juguete de Clara?

De pronto, el ascensor paró, se abrieron las puertas y nos separamos. Tras salir por una puerta una luz me cegó por unos instantes, noté como el viento suave de verano acariciaba mi piel, estábamos en el exterior. Como en el momento en que me capturaron, noté la hierba al contacto con mis piernas, aunque ahora tenía menor libertad de movimientos.

Si hubiera de describir el lugar donde nos encontrábamos, hablaría de una especia de pradera gigantesca, delimitada en una parte por una serie de edificios blancos. No se veía muro alguno y el terreno con hierba se extendía hasta la lejanía. De vez en cuando se observaban pequeños conjuntos de árboles que rompían la monotonía del terreno. A cierta distancia se observaban otras amas que paseaban a otros hombres a cuatro patas. De pronto, Irene tiró de mí y mientras nos encaminamos hacia una de estas arboledas me dirigió la palabra:

– Mira, perrito. Esto es lo que llamamos “el patio”. Es un espacio para que os paseemos un poco todos los días y hagáis vuestras necesidades. También es aquí donde te entrenaremos físicamente.

Irene se paró justo delante de la arboleda y se giró hacía mi.

– Sé que estás pensando en escapar, como todos. Que no se vean muros, no significa que no lo tengamos todo controlado. A parte de las cámaras de vigilancia… ¿ves todo ese terreno por allí? El suelo está totalmente electrificado con una serie de redes, así que no llegarías muy lejos. Por otra parte, la paliza y castigo que recibirías sería tan grande que quizás no podrías soportarlo. – dijo la chica con una sonrisa en los labios.

– Ahora, ven, acércate al árbol y ya puedes mear…

No podía creer lo que estaba pasando. Aunque me había aterrorizado con el relato del lugar, ¿no esperaría que hiciera mis necesidades delante de ella y de las otras mujeres que nos observaban? Realmente estas mujeres estaban llevando todo aquello demasiado lejos.

– ¿Qué pasa ahora? ¿No te han enseñado todavía a mear y cagar?¿Creías de verdad que te iba a dejar pasar a un servicio como los humanos?

Irene comenzó a reírse a carcajadas, y con un movimiento, sacó de su funda la fusta y me amenazó con ella. Por un momento sopesé mis alternativas. Quería resistirme pero tenía al mismo tiempo tantas ganas de hacer mis necesidades que creía que iba a explotar.

– Te lo diré por última vez, ¡O haces tus cosas como un buen perrito o despídete de tu oportunidad hasta mañana!

No podía creer lo que estaba haciendo. Una vez más me humillaba delante de una mujer y me degradaba hasta ser un animal más. Me acerqué al árbol poco a poco y con trabajo levanté la pata y meé en su base. Justo delante de mí, Irene acercó una de sus botas y me ordenó que la lamiera. Allí me encontraba en esa posición, meando y lamiendo la bota de mi guardiana cuando noté que tenía ganas de hacer de vientre. Irene tuvo que notarlo porque ella misma me indicó como tenía que hacerlo:

– Por ser la primera vez, te voy a entrenar en la forma de hacerlo como un perro. ¿Te acuerdas de la postura de sentado? Sería algo así, pero levantando un poco tu sucio culo del suelo, vamos, hazlo de una vez.

Si ya me había costado mear de forma tan degradante delante de una adolescente que no apartaba su mirada, no podía imaginar cómo podría hacer aquello con una inquisitiva mirada sobre mí. Sin embargo, las ganas de hacerlo pudieron conmigo y tras un par de fustazos en la espalda, me rendí e hice lo que se me ordenó. Totalmente humillado, me sentía sucio, no podía caer más bajo ante aquellas mujeres. Irene me retiró un poco y sacó lo que parecía ser una bolsa de papel donde guardo mis excrementos.

– Hay que ser limpios, perrito. El ama siempre tiene que recoger vuestras caquitas del suelo para que no lo ensuciéis todo.

Su tono, como el de una madre con un niño pequeño, hacía aún más humillante cada una de sus palabras. A pesar de todo lo acontecido, sentí como físicamente me encontraba mejor después de descargarme. Irene no me dejó mucho tiempo para pensar en estas cosas, y cabizbajo, me tiró de la cadena y continuó dándome vueltas por “el patio”. Estábamos por una zona un poco alejada de los edificios centrales cuando mi vista se posó sobre una delirante figura que se iba acercando más y más, y que me demostró hasta donde ese infierno de la superioridad femenina y dominación del macho había llegado.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmak

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