Una fiesta…festejada

Ya hacía tiempo que no aportaba un relato de nuestras aventuras Femdom, verídicas y realizadas como siempre claro está. Espero que os guste como siempre y no olvidéis comentar luego, siempre ayuda ;).

Todo comenzó el martes a la tarde a las 19h. Tenía frío y mis músculos, inexplicablemente, se contraían en contra de mi voluntad. Poco a poco fui abriendo los ojos, sin saber qué pasaba. La habitación estaba a oscuras, en frente de mi una figura de mujer sentada en la silla, masturbándose viendo porno. Mi Ama. Deicidió que necesitaba placer y fue a su página favorita de porno. Lentamente voy despertandome, descubriendo que me encuentro inmóvil. Sin darme cuenta me había quitado el pijama, dejandome completamente desnudo, atado de pies y manos a las patas de la cama y dejando visible mi cinturón de castidad, apretado y adornado con un lacito rosa y una correa que ahora mismo está suelta encima del colchón.

– Vaya. veo que te has despertado de tu siesta.
– Hm…
– Shhh… Te quiero así, callado. Indefenso. No me ha gustado nada que te corrieras anoche en sueños. Así que voy a tener que castigarte.

Fue al cajón de los juguetes y extrajo uno a uno todo el material que iba a usar en mi. Primero se dispuso a colocar una a una las doscientas pinzas de la ropa que hay en toda la casa. Notaba como la nueva pinza colocada estiraba y escocía más la zona de la piel que la anterior. Conocedora de las molestias que me causan, se centró en la zona de los genitales, los pezones y el resto distribuido en partes del cuerpo como los dedos de los pies.
Ordenó que fuera a limpiar la cocina, plato, hasta que todas las pinzas cayeran de si sitio. Y si no lo hacían ella se ocuparía de hacerlas caer. Me desató, cogió la punta de la correa y me llevó a la cocina, tirando fuerte de ella sabiendo que al final se encontraban los testículos de su sumiso. Una vez llegamos ató mis pies a una barra espaciadora y la argolla de mi mordaza a la pared con una cadena metálica.

Empecé a fregar como ella ordenó, plato por plato, mientras ella no dejaba de repetir lo cansada que estaba ella y que por mi culpa debió despertarme para castigarme. Además eso la hacía enfurecer. Cada minuto que pasaba las pinzas tiraban y paretaban más y más. Mi Ama, cansada de hacerla esperar a su diversión, cogió una pala de madera de la cocina y fue azotando todo mi cuerpo donde se hallara una pinza con fuerza. Era doloroso. Podía chillar tanto como quisiera que la mordaza hinchable casi ahogaba por completo mis gritos.

Con todo el trasero enrojecido y los genitales doloridos acabé de fregar los platos. Liberó mis pies y y la mordaza de sus ataduras, me llevó al salón y se alejó a la habitación. Trajo consigo unas cuerdas, cinta de embalaje dura, una cinta parecida a una venda  y ordenó que me pusiera a cuatro patas.
Primeramente enfundó, como muchas otras veces, mi cabeza dentro de una máscara de perro con cremallera. Acto seguido lubricó bien mi ano durante unos minutos, introdujo un dedo; luego dos; luego uno nuevamente; luego dos en círculos y para acabar tres. 

Notaba su respiración, estaba emocionada y excitada. Introdujo dos objetos que por el tacto no tardé en distinguir: un huevo vibrador y un plug anal metálico con joya. Siempre he odiado ese plug, es muy difícil sacarlo y siempre está frío.

Volvió a tirar de la correa. El destino final era la alfombra del sofá. Me tumbó en el y ordenó que juntase cada zona de mi cuerpo lo máximo posible. Oí un “ras”. No sabía qué era. Con sus manos y, con lo que creía que era la venda, fue cubriendo mi cuerpo. Solo notaba algo de frío cerca de mi pene, seguramente lo único que no había quedado cubierto.

– Qué guapo estás.
– Hmpf…
– Eres como una momía. Y antes de acabar el proceso, a las momias se les torturaba.

Mi ano vibraba. Por lo que mis testículos senían un pequeño cosquilleo. Dolor. Calor. Cómo dolía.

– Así me gusta. Qué grites y pidas clemencia. ¿Pero sabes? No voy a dártela. Y cuanto más chilles, más cachonda me pones y más quiero hacerte esto.

Cera caliente estaba cayendo por todo mi sexo, quemando y calentando cada poro de mi piel. No podía moverme, estaba totalmente enfundado en aquel tipo de venda y las extremidades atadas a varias zonas del sofá. Lo único que me permitía la situación era mover las caderas arriba y abajo. Única y exclusivamente. Qué desesperación.

– Buen perrito. Has aguantado veinte minutos y todo su sexo ya está cubierto de sexo. Y ahora voy a ver la tv.

Chispa. Chispa. Para no tenerme aburrido mientras, accionó uno de sus juguetes favoritos: la pequeña batería eléctrica. Un sistema de 8 puntas, que casi siempre deja en mis testículos y pezones, para aplicarme electricidad. Con ello no pretende darme dolor, nunca, sino tenerme incómodo y estar tan concentrado en los espasmos que nunca oigo nada de lo que hace. Al acabo de lo que creo que son quince minutos, la electricidad cesó.
Qué susto. Una gran cantidad de agua cayó sobre mí.

– Espero que así no te deshidrates. ¿Tiene sed mi perrito?
-Hmmmm…- Sí decía moviendo la cabeza-
– Bien…

Liberó mi pene del cinturón de castidad. Algo que en ese momento no reconocía se acercó a mi pene. Empezó a vibrar y a succionar. Mi pene se veía sacudido y excitado por algo que aún hoy no sé que es. Nunca me lo enseña. Pero siempre que quiere humillarme, al cabo de un rato de tener estas sensaciones, tengo ante mi una gran cantidad de mi semen, que debo beberme. Y así fué esta vez también. Durante unos horribles quince minutos, que pudo controlar con el sonido de la TV, mi cuerpo no dejó de moverse pidiendo clemencia, mi cuerpo estaba exhausto. Pero eso seguía, succionando, excitando mi miembro y sacando de él un orgasmo tras otro hasta un total de 8.

Y al llegar a los quince minutos, la luz era mayor, el aparato fué retirado, volvió y la máscara fue retirada. Mordaza fuera y semen entrando por la boca.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
No olvidéis comentar y compartir esta entrada en vuestras redes sociales. Es un minuto y ayuda inmensamente a la web.

firmagrey

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