Sexo A Domicilio

Era pleno verano. Hacía poco que yo estaba de vacaciones con mi pareja en la torre que tenemos a las afueras de Barcelona. Gaby, que así se llama ella, estaba bien dormida en la cama haciendo la siesta y yo me dispuse a ir a la ducha. Estaba realmente cansada y el cuerpo estaba bien tenso, horas antes volvimos de una excursión de dos días por los alrededores y conocer el terreno. Me desnudé dejando visibles mis zonas más íntimas, tersas y duras y me predispuse a ir a la ducha. Mojé bien mi cuerpo con agua templada, enjabonándome la cabeza, luego el cuerpo y para terminar mi zona vaginal. En eso se abre la ducha y aparece Gaby.

– Podrías haberme avisado. -Dijo dándome un beso.

– No quería despertarte cielo. ¿Me enjabonas la espalda? Así ya acabo

– Claro.

Cogió la esponja, le puso un poco de gel y fue enjabonándome la espalda, cada vez apretando un poco más.

– Aprietas demasiado amor.

– Sh…. -me susurró al oído.

Aclaró la espalda, me acercó a la pared, me abrió de piernas y cambió el agua a fría y empezó a darme con su mano en mis nalgas.

– Está muy fría.

– Calla. No me cortes el rollo.

Tras eso encendió también su alcachofa y así tenía dirigida dos riegos de agua fría, a su vez ella me agarraba del pelo mientras me azotaba. Fue insertando sus dedos en mi vagina, sabe que con agua fría apenas lubrico pese a la excitación. Eso me hace sentir más a su merced. Fue insertando dos dedos, tres dedos, moviéndolos en círculos, cada vez más fuerte a la vez que me mordía el cuello, las orejas o me arañaba las nalgas. Entonces me giró y me puso de rodillas, enseñándome su depilado clítoris perforado con un pirsin. Ya sabía lo que m estaba pidiendo, así que me predispuse a lamer su vagina mientras le insertaba dos dedos dejándole al descubierto mis pechos para que me los pellizcase si quisiese.

De repente llaman al timbre.

– ¿Esperas a alguien?

– Mientras estaba dormida pedí una pizza. Creo que es el pizzero.

– Mierda. Anda, ponte el albornoz y ve a abrir.

Ambas salieron de la ducha. Se dieron un beso mientras se tocaban unos segundos. Yo me puse el albornoz y ella se quedó arreglándose el pelo y vistiéndose con la ropa que ahí mismo se fue vistiendo.

– Ya voy. Perdón por la espera. Me has pillado en la ducha.

– No pasa nada. Ya acabo el turno, sois mis últimas clientas de hoy.

– Pasa, pasa, Tengo el dinero aquí.

– ¿Quién es Lisa?

– ¡Es el pizzero cielo! ¿Cuánto es?

– 32 euros.

– Vaya, no tengo tanto. Gaby, ¿tienes suelto?

– No. ¿Pasa algo?

– No tengo todo el dinero.

– ¿Puede venir más tarde a por el resto del dinero?

– Lo siento señorita. Eso no puede ser. Entonces…

Diciendo eso, agarró al pizzero por su brazo y fue destino al piso de arriba mientras a mí me indicaba que la siguiera. Entramos a la habitación en la que tenemos todas nuestras cosas de sexo, tumbó al pizzero, esperó a que yo entrase y cerró con el pestillo.

– Señoritas…

– Calla. Dale, Lisa.

Me desnudé delante de él, pude ver como muy rápidamente su polla se fue endureciendo en los pantalones. Me abalancé sobre él, le besé apasionadamente y le fui metiendo mano en el paquete.

– Puedes hacer con ella lo que quieras.

Dicho esto el repartidor se desquitó de mí, se desnudó completamente dejando ver su cuerpo. No estaba para nada musculado, pero tampoco estaba en mala forma, aunque estaba totalmente depilado. Se puso de pié y me indicó acercarme, enseñándome su polla cerca de mi cara. Abrí y mi boca y fui chupando y lamiendo lentamente, tocándole los huevos. Mi AMA me esposó las manos a la espalda, hecho que el pizzero aprovechó para usar mi boca como le vino en gana. Primeramente fue metiendo y sacando su polla lentamente hasta el fondo de mi boca, cuando ya no tenía tanto retroceso por las arcadas pasó a follarme la boca como si de mi vagina se tratase.

– Ni se te ocurra hacer nada que el joven no quiera Lisa.

Estuve así unos minutos, sintiendo como su polla llegaba hasta más allá de la campanilla con fuerza. Cuando él tuvo suficiente, se apartó de mí y me indicó subir a la cama, me tumbó boca abajo y subió mi culo en pompa para follarme de forma muy bruta.

– ¿Tragas semen?

– Hará lo que pidas.

– Bien. No pierdas una sola gota.

Hizo que me sentase, y volvió a follarme la boca hasta que se corrió dentro. Gaby indicó que tragase y luego me amordazó.

– Espero que eso sea suficiente para pagar la pizza, joven.

– No esperaba esto de mis vecinas.

– ¿Tus vecinas?

– Sí, vivo dos casas más abajo.

– Ah, bien. Y dime, ¿alguna vez viste algo como esto?

– La verdad es que no.

– ¿Te gustaría unirte? Te garantizaría momentos como los de ahora.

– Claro, porqué no.

– Bien. Entonces te espero esta noche. Puedes traer a alguna amiga si quieres.

Pasaron las horas. Yo seguí totalmente amordazada y atada, aunque cada vez que ella cambiaba de instancia me llevaba con ella. Sobre las 21h me trajo un vaso de leche y dos magdalenas. Acto seguido me quitó la mordaza.

– Toma Lisa, tu cena. ¿He sido muy dura?

– Sabes que no cielo.

– Bueno, esta noche vamos a divertirnos.

– ¿Tienes algo pensado?

– Sí. Quiero probar algunas cosas. Aunque antes, creo que te debo una disculpa.

– ¿Perdón?

Me tumbó en la cama y empezó a masturbarme con tres dedos, acariciando mi clítoris, mis labios vaginales y el punto G.

– ¿te gusta?

– Sí…

– ¿Te están gustando las vacaciones?

– Sí…

– ¿Con ganas de correrte?

– Sí.

-Córrete.

Mi cuerpo se retorció de mil formas para expulsar el jugo, era de las pocas veces que tenía tanto placer acumulado y solté un pequeño gemido.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– ¿Qué?

– Respóndeme

– Sí.

– ¿Segura?

– Claro Gaby. ¿En qué dudas?

– Nada. Solo quiero que estés segura. ¿Me deseas? ¿Quieres casarte conmigo de verdad?

– Sí – le dije tras besarla apasionada emocionada)

– ¿Confías en mí para siempre?

– Sí.

– Cierra los ojos. Gírate. Ábrete de piernas. Levanta el pie, ahora el otro.

Oigo un “clic”. Tengo en mi cuello un collar de metal de color rosa y en mi zona sexual y pechos un arnés metálico sujetando un cinturón de castidad.

– ¿Contenta?

– Confusa.

– Bueno, hoy tenemos un invitado. He de dejarle claro todo. ¿Lo entiendes, no?

– Sí.

Llamaron al timbre, fui a abrir y ahí estaban Juan, el pizzero, y una acompañante.

– Hola. Bienvenidos.

– Hola Lisa.

– Al final vienes solo.

– No, tengo a nadie que esto no le asuste. Bien, pasa.

– Hola Juan. ¿Qué tal la tarde?

– Bien, gracias Gaby.

– Bueno, tengo algo pensado. ¿Te apetece jugar?

– Claro.

– Perfecto. Pero antes…

Gaby me indicó el protocolo. Fui quitándole la ropa, dejándolo desnudo. Cogí la ropa, me acerqué a la hoguera y ahí tiré su ropa.

– ¿Pero qué haces?

– Tranquilo. Tengo mucha ropa que prestarte. Coge un papel.

– ¿Estáis locas?

– Has aceptado jugar. Este es nuestro juego. Si quieres, puedes irte.

Juan estuvo un momento pensativo. Acercó la mano a la bolsa y sacó un papel.

– Bien Dámelo. Toma Lisa, prepáralo todo. Y ahora Juan, ven acércate. Tomemos una copa. ¿Te apetece algo en especial?

– ¿Whisky tenéis?

– Claro.

Ambos se acercaron al salón, ella empezó a servirle la bebida y se sentó a su lado.

– Toma.

– Gracias.

Ella lo veía realmente excitado. Empezó a tocarle suavemente sus partes, poniendo la mano de Juan en su vagina.

– Veo que estás excitado.

-Tú también.

– No cielo, a mí no se me toca tan fácilmente.

– Vamos. Estoy muy excitado.

– Antes de nada, cómeme el coño, perro.

– ¿Perro?

– Has aceptado jugar. Vas a ser mi sumiso durante esta noche. ¿Te parece bien?

– ¿Podré correrme?

– Si te lo ganas.

Entonces Juan se acercó más a Gaby, se arrodilló en el suelo y empezó a lamerle sus labios y su húmedo clítoris.

Por la espalda yo me acerqué y sutilmente le fui esposando las manos. “Confía en mí” le dijo Gaby a Juan. Gaby le acercó una mordaza que acababa en pene.

– Voy a ponértela, pero porque me encanta ver a mis sumisos así. Luego te la quitaré, no sufras.

Juan dio la aprobación, Gaby le puso la mordaza.

– Bien perro. Ahora vas a ser Laura. Y Laura va a hacer todo lo que yo diga. Ahora, sigue con lo que hacías.

Gaby agarró la cabeza de él y se la fue moviendo bruscamente para indicarle cómo le gustaba que se usase la mordaza.

Yo me acerqué tal y como me indicó al lado de ella para que empezase a masturbarme el ano, ya que por el cinturón de castidad era imposible follarme analmente. Empezó a besarme apasionada, muy cachonda.

Nos agarró a ambos por el collar y nos llevó a la habitación. A mí me ató a la cama y ella se sentó encima de mi cara para que no parase de proporcionarle sexo oral mientras me azotaba o me pellizcaba. A su vez Juan se le indicó follarme. Estuvimos así casi 7 minutos hasta que Gaby decidió cambiar de idea.

Vistió a Juan como una sirvienta, le puso un cinturón de castidad y le ató las manos. Acto seguido me puso un strapon, y ella se tumbó. Su idea era muy clara: yo follarla a ella mientras Juan me daba placer a mí analmente. Así que fuimos cumpliendo sus órdenes, en mi caso moviendo muy fuerte la cadera como a ella le gusta.

– Muy bien. Lo hacéis muy bien perritas. ¿Contenta Lisa?

– Sí Gaby.

– No pares, fóllame más cerca.

– Sí Gaby.

– ¿Con ganas de que te correrte?

– SI Gaby.

Gaby se corrió de forma espectacular, mojándonos a mí y a Juan. Acto seguido le quitó la mordaza a Juan.

– ¿Te ha gustado?

– Si.

– ¿Quieres irte? ¿O quieres más?

– Quiero más.

– Bien.

Hizo la seña de que la siguiéramos, y así lo hicimos. A Juan le desató de pies y manos, dejándolo con el vestido de sirvienta y cinturón de castidad. Nos hizo entrar a una habitación oscura y nos indicó que nos quedásemos quietos en dos sitios de la sala, a cuatro patas. Acto seguido oímos dos clics.

– ¿Que ha pasado?

– Es hora de dormir. Y los perros duermen en jaulas. Buenas noches.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmagrey

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