José….

Soy José, he mantenido relaciones de sumisión y masoquismo con mi Ama y probando, incluso, la bisexualidad con Pedro, el marido de mi Ama. Ellos ya hace algún tiempo que se fueron a vivir a otra ciudad y nuestros contactos eran muy esporádicos, en vacaciones y en algún viaje aislado. Pero la última vez que pasé unos días con ellos, en un apartamento de la playa, mi Ama me prometió que me alquilaría a algunos amigos suyos de Madrid para que me siguieran domando, manteniendo en la esclavitud y en el placer de la sumisión. Para ofrecerme y mostrarme a sus amigos, me hicieron una serie de fotos, todas completamente desnudo, unas tumbado en el suelo, atado con una correa, otras vestido con ropa interior de mujer, sumamente sexy, algunas lamiendo los zapatos de mi Ama o con ella cabalgando encima de mí y golpeándome en el culo con el látigo e incluso otra en la que aparecía comiéndole la polla al marido de mi Ama.

A las pocas semanas del último encuentro con mis Amos y de la realización de estas fotos, que ellos se quedaron para tener un total dominio sobre mí, recibí una carta en el Apartado de Correos que había reservado. Era muy breve. Me llamaban por el nombre que me daban mis Amos, “Silvia”, y me citaban un día y una hora en un local liberal de intercambio situado en determinada zona de Madrid. La carta era muy imperativa. Me ordenaban que no faltase a la cita, que me habían alquilado a mi Ama por una noche y acompañaban una de las fotos de la última sesión. En ella yo aparecía con un salto de cama transparente y muy corto, que dejaba todo el culo al aire, y calzado con unos zapatos de tacón.
Al cuello llevaba el collar de perro y la correa que me colocaban siempre mis Amos. Me excité mucho recibiendo aquella carta y me preparé para el día de la cita tratando de imaginarme quienes, cuantos y como podían ser las personas a las que tenía que obedecer durante toda una noche. Lo organicé todo para poder tener de viernes a sábado libre, el siguiente fin de semana. Me gusta que mi Ama sea elegante, altiva, dominante y a poder ser que la acompañe un hombre joven, musculoso y bien dotado porque con el marido de mi Ama ya había aprendido y disfrutado de los placeres de la bisexualidad. Después del gran dolor de las primeras veces, últimamente penetraba mi culo sin demasiadas dificultades y yo disfrutaba comiéndole la polla, los huevos y el ano, según ellos me ordenasen. Al llegar al local, me senté en la barra y estuve tomando una copa durante largo rato mientras veía un video porno en la pantalla pensando quienes de entre los pocos clientes que allí había, podrían ser las personas a las que mi Ama me había alquilado.
Finalmente se me acercó una pareja de mediana edad. Me llamaron “Silvia” y me hicieron seguirles. En coche me llevaron a un chalet en una zona bastante elegante y apartada de Madrid. Allí me dijeron que iba a servir de espectáculo, junto con otros dos esclavos, un chico y una chica, a un grupo de gente bastante mayor que había organizado una pequeña fiesta de sexo. Me hicieron poner unas braguitas rojas, medias, un corsé y una peluca rubia. Me pintaron los labios de un color rojo chillón y con una corre al cuello y una cadena, me llevaron hasta el centro de un gran salón. Allí había seis personas, bastante mayores, sentadas cómodamente en los sofás, tomando copas y riendo. Me exhibieron delante de ellos que, sin duda aprobaron mi transformación en una verdadera putita. Luego me encerraron en una especie de jaula con barrotes en la que tenía que estar arrodillado o a cuatro patas. Inmediatamente trajeron a los otros dos esclavos que iban a intervenir en la fiesta.
La chica era joven, unos veinticinco años, delgada y muy bajita. Apenas superaba el metro cincuenta.El varón, en cambio, era bastante más mayor y sin duda culturista por su extraordinaria anatomía que tan sólo cubría un minúsculo tanga, mientras la chica estaba completamente desnuda, salvo el collar y la correa. Finalmente apareció quien iba a ser el Ama en el espectáculo para entretenimiento de aquellas personas. Era la mujer que me había recogido un poco antes en el local de la cita. Llevaba ahora unas botas altas de cuero negro y un conjunto de ropa también negro. Era bastante gruesa y las tetas y la barriga le desbordaban la ropa tan ajustada que llevaba. Uno por uno fue exhibiendo de nuevo a los tres esclavos. Nos golpeaba con la fusta que llevaba y nos arrastraba de la correa. Durante toda la noche nos hicieron hacer toda clase de números. Para no extenderme demasiado, contaré sólo alguno de ellos. Entre unos y otros nos trataban peor que a animales y al que no actuaba le dejaban en la jaula a la que, a veces, se acercaba alguno de los espectadores para manosearnos, pegarnos, insultarnos o escupirnos. Aquella noche éramos de su propiedad. Y lo sabían.
En uno de los números, el gigante culturista follaba por detrás a la chica pequeña que, a cuatro patas y agarrada de la correa por el Ama, recibía las embestida y al mismo tiempo, las bofetadas que le propinaba el Ama para que dejase de llorar. En otro, las dos chicas, pues yo seguía vestido de mujer y era la putita del grupo de esclavos y a la que más insultaban todos a gritos, nos dedicamos a comer la polla del culturista mientras le acariciábamos los huevos y le metíamos la lengua en el ano. Todo ello mientras recibíamos una verdadera azotaina en el culo. Al culturista le mandaron besarme en los labios pintados de rojo y que nos diéramos la lengua y luego, mientras yo me comía su polla, a la chica le colocaron un cinturón con un consolador y después de untarme crema en el ano, me penetró con fuerza. Finalmente decidieron que la chica se había portado muy bien y que la dejarían disfrutar de uno de nosotros.
Me eligieron a mí y encerraron, con grandes dificultades, al gigante culturista en la jaula. La chica cogió el látigo y me obligó a comerle, muy despacio, los dedos de los pies y luego su coñito mientras no paraba de azotarme la espalda y el culo. Cuando terminó corriéndose en mi boca, ella siguió golpeándome y luego, por indicación de los que nos miraban, se sentó encima de mí y empezó a orinarse en mi cara y en todo el cuerpo. La velada terminó cuando los tres sumisos, siguiendo las ordenes del Ama, nos turnamos para comer el coño y los penes de las seis personas que nos habían contemplado, todos bastante mayores y verdaderamente vicioso por lo que nos habían mandado hacer, los insultos que nos dirigieron toda la noche y los golpes que nos propinaron. Al acabar, cuando me acercaron en coche de nuevo al centro de la ciudad, me dijeron que era un esclavo muy sumiso, un verdadero perro y que me volverían a llamar pero que no se me ocurriese desobedecer porque tenía ahora fotos mías verdaderamente humillantes, pues habían hecho algunas durante la larga sesión de aquella noche.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmagrey

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