Tabaco Prohibido

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Tom se dedica a desvalijar las cajas fuertes de los millonarios, y en ello está, cuando la atractiva esposa de un rico le sorprende. A partir de ese momento todo empezará a pasar muy rápido para él, y aprenderá que las cosas no siempre salen como están planeadas. Tom miró a ambos lados de la calle, no vio a nadie y sacó una horquilla, su colega le había dicho que no habría nadie en la casa, pero como era un hombre precavido, llevaba la pistola, y eso que su colega siempre había acertado, pero….. Con su habilidad habitual, metió el fino objeto, un pequeño giro de muñeca, después hundió la horquilla un poco más, de nuevo otro giro de muñeca y…. ¡Ya estaba abierta! Entró despacio, llevaba un plano de la casa, iría directamente a la caja fuerte y se largaría de allí cagando leches. Sara abrió los ojos y se incorporó rápidamente en la cama.

Le había parecido escuchar pasos, agudizó el oído y las pisadas se hicieron más audibles, había alguien en casa. Se levantó despacio, se puso la fina bata que solía usar en las noches de verano y se asomó por la puerta de su habitación. Pensó en ir al despacho de su marido a por la pistola, pero lo desechó porque tenía que cruzar toda la mansión. La mujer apenas dormía con ropa, así que, tal y como se había levantado de la cama, excepto la bata, salió en busca del intruso. El hombre recorría despacio la casa, pero sin cesar, prisa no tenía, pero tampoco quería quedarse allí hasta que la familia volviese.

Cuando llegó al salón, sacó el plano que llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón. En efecto, ahí tenía que estar, detrás del “Jardín de las Delicias”, aunque él sabía de sobras que era una copia, muy bien hecha, pero una copia al fin y al cabo, pues el original estaba en el Prado, en Madrid. Tom fue despacio hacia el cuadro de “El Bosco”, le echó una mirada al Home Cinema empotrado en una enorme librería de roble. ¿Cuántos árboles para semejante mueble? Pero en fin, él a lo suyo. Llegó hasta el cuadro, y solamente después de un buen rato buscando, vio una especie de enganche que servía para separarlo de la pared, con una sonrisa se puso a ello cuando escuchó…. ¿unos pasos? Procedían del pasillo.

Sacó la pistola y se dirigió hacia la puerta. ¿Qué haría si estaba toda la familia en la casa? Si salía de esa, darle dos puñetazos a su colega, con esas cosas tenías que estar totalmente seguro. Llegó hasta la puerta del enorme salón y se asomó despacio. Sara estaba cada vez más nerviosa. En el camino había decido intentar llegar al despacho de su marido para coger la pistola, pues era su única posibilidad. Ya casi estaba, solo tenía que mirar en el salón y llegaría al despacho, abriría el cajón y cogería la pistola, solo entonces se sentiría más segura….pero no pudo, el intruso la vio antes. – ¡Levanta las manos despacio! No quiero hacerte daño, solo cojo el dinero y me largo de aquí. Sara no habló, se limitó a obedecer, dejando su cuerpo visible, pues la bata se le abrió y quedó al descubierto un conjunto de lencería fina de color negro. Por un momento Tom se olvidó a que qué había ido y dejó que sus ojos indagaran en el cuerpo de aquella mujer tan hermosa, tan perfecta.

– ¡Vaya! Eres muy atractiva – le dijo poco sutil.
– Gracias – le contestó ella sorprendida
– Ven conmigo. – le dijo señalando con la pistola hacia el salón.

El hombre se volvió, terminó de abrir el cuadro y frente a él, apareció la caja fuerte, sacó otro papel del bolsillo, lo abrió y lo examinó detenidamente, en él ponía la combinación. La verdad era que su colega Enrique era un genio de la informática, aunque se había equivocado en lo de casa, diciendo que no habría nadie, y eso que parecía haber tenido suerte y solo se hallaba una mujer, la guapa esposa ¡qué narices! Se volvió hacia ella. Ella no se había movido, solo parecía escanearlo con la mirada. De nuevo él se volvió hacia el papel, leyó la combinación y fue marcándolo en la pantalla digital. ¿Cómo podía tener un hombre tan rico, un sistema de seguridad tan sencillo? Al menos eso le había dicho Enrique el día anterior. Terminó de poner la clave y sintió a alguien detrás de él. Se volvió rápidamente y empujó a la mujer hacia la mesa.

– Sin tonterías – le dijo mientras, al mismo tiempo, se quedaba asombrado.

Debido al empujón, a Sara se le bajó la bata y sus delgados hombros habían quedado al descubierto, y con los hombros también vino el torso, y con la desnudez aparecieron los nervios y eso le condujo, a un movimiento rítmico de los pechos de ella, muy sugerente. Tom había presenciado todo eso y algo se estaba encendiendo en su cuerpo. La indecisión empezó a apoderarse de él, no sabía si acercarse a Sara o coger el dinero y salir de allí pitando. Su cerebro se decantaba por la segunda opción, pero su cuerpo no. Puso el seguro a la pistola y la dejó en el suelo sin dejar de mirar a Sara. Después, sigiloso como un felino se acercó a ella. La mujer ni siquiera se molestó en moverse, también estaba deseando que aquel apuesto ladrón se acercará. Cuando posó sus manos sobre las nalgas de ella, la acomodó encima de la mesa. Le quitó la bata, dejando su cuerpo todavía en ropa interior, pero atrayente de todos modos. El conjunto de lencería negro, le resaltaba unos pechos todavía firmes. Se había metido entre las piernas de ella, para llegar más cómodamente a todos los rincones de su cuerpo.

– ¿Por qué no te quitas la camiseta? – le dijo ella. Y entonces, un pensamiento fugaz le cruzó por la mente ¿Y su marido llegaba en cualquier momento? Quizá su marido no andaba lejos. Decidió preguntarle antes de perderse en su cuerpo.
– ¿No vendrá tu marido?- Ella le sonrío.
-¿Tú crees que si fuera a venir estaríamos a punto de echar un polvo?

– Supongo que no, ¿verdad? – dijo él con un atisbo de duda.
– Tranquilo. Que vaya a tener una aventura sexual contigo, no quiere decir que sea estúpida. Y él tiene mucho dinero. Tom se quitó la camiseta rápidamente, quería llevar la batuta pese a que ella tendría diez o doce años más.
– Los pantalones – dijo ella sonriendo.

También se los quitó, dejando un cuerpo a la vista nada despreciable, tal y como indicaba su mirada. Sé inclinó sobre ella y empezó a besarla en la boca. Eran besos largos y húmedos que conseguían subir la temperatura corporal de los dos. Y se le empezaba a notar mucho a Sara, porque pequeños gemidos se escapaban de sus labios, mientras su amante bebía de su boca. El hombre la dejó descansar unos segundos y aprovechó para quitarle el sostén. Unos hermosos y firmes pechos, quedaron ante él, mientras a la mujer le debía parecer que Tom la seguía besando, porque jadeaba y movía los labios como si siguiera estando encima.

– Esto no está bien – le decía – solo he venido a robar.
– ¿Y eso sí está bien? – le dijo ella cuando recobró un poco la compostura.
– Tienes razón.

Sin pedir permiso a la dueña, comenzó a manosearle suavemente los pechos, se sentía bien pese a que no era la primera vez que hacía eso con una mujer, así que trató de disfrutar plenamente. Sara disfrutaba como hacía tiempo que no lo conseguía. Había un mundo entre su marido, ya destrozado por la edad y los kilos, y ese hombre, joven, con un cuerpo atlético y lleno de vigor. Se puso a pensar en su vida mientras él le acariciaba muy suavemente los pechos, pero cuando empezó a frotarle los pezones, su mundo se distorsionó y empezó a gemir más seguido y fuerte. Le gustaba como gemía esa mujer, le llenaba de ganas de seguir con ella, era una pena que estuviese casada. Mientras le acariciaba los pezones más firmemente, pensó en quitarle las braguitas para ver el mundo que yacía debajo de ellas, pero no quería romper esa magia tan pronto, porque si se las quitaba ya, aguantaría menos. Miró a la mujer que tenía entre sus brazos, su forma de moverse, de gemir y hasta su agitada respiración, la hacían deseable, y él ya no podía más. La cogió en sus brazos y salieron de aquel salón, dejando la caja de caudales abierta de par en par. Sara se abrazó a él mientras se dejaba besar por el cuello, no sabía a donde dónde la llevaba, pero no le importaba, solo quería que la sacase de esa acomodada vida para siempre.

– ¿Dónde me llevas? – le dijo sin dejar de moverse, para que él llegara mejor a las entrañas de su cuerpo.
– A la cocina, tengo ganas de poseerte ya. Él no la vio, pero ella sonrío y se apretó más, acercó la boca a su oído y le susurró:
– ¿Por qué no nos llevamos el dinero y nos largamos de aquí?
– Me encantaría.
-Pues termina conmigo y después lo cogemos.

Él siguió besándola, pero ahora iba más rápido, estaba más impaciente ahora que ella quería irse con él, ¡y con el dinero de su marido! Ya iba a doblar hacia la cocina, cuando se dio cuenta de que las circunstancias cambian en decimas décimas de segundo. Había entrado a robar y se estaba acostando con la mujer del millonario, pero entonces, la puerta de la enorme casa se abrió y apareció un hombre. El hombre, sobradísimo de kilos y bastante mayor, se quedó mirando como aquel desconocido llevaba su esposa en brazos.

– ¿Qué pretendes cabrón de mierda? ¿Robarme a mi mujer?- Tom se quedó mirando, no podía reaccionar y fue Sara, quien en brazos del hombre que iba a llevársela, reaccionó.
– ¡Me voy con él y no vas a poder impedirlo!
– ¡Si sales por esa puerta, os mato a los dos!
– ¿Con qué pistola? No te la llevaste.- Escuchando esa extraña conversación, Tom se maldecía por haber dejado la suya en el salón, no llegaría tan lejos, pero si el gordo no tenía pistola…
– ¡No me subestimes zorra, no soy ningún estúpido! La pistola que te dejé, era para que te defendieras si entraban gilipollas como este, no para que te los tirases.
– ¡Es un farol! – dijo Sara para que Tom se abalanzara a por él.

Y eso iba a hacer, el joven dejó a su amante en el suelo, con toda la delicadeza que la tensión le permitía y se dispuso a degollar al viejo, pero Sara se había confundido y no era ningún farol. Su marido sacó una pistola de su pantalón y no le dio tiempo a pedirle clemencia. Con una puntería asombrosa, le descerrajó de un tiro entre sus ojos. Tom cayó muerto, mientras Sara se quedó mirando a su marido, que ahora, la apuntaba a ella.

– ¡Cariño, era una farsa para que él se confiara y me dejará dejara en el suelo, porque si le hubieses disparado, yo habría corrido peligro! El hombre, con mil batallas a sus espaldas, otras tantas estafas y no menos intentos de ellas, le respondió muy serenamente.
– ¡Ya!

Y luego, le disparó.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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