Rondó Veneciano (II)

Un poco más adelante, no había llegado aún al punto de encuentro, se detuvo al haberle parecido escuchar unos pasos que no eran los suyos. Había tenido la impresión de sentirlos a su espalda. Pero al pararse él también lo hizo su presunto perseguidor. El silencio era absoluto.

Sin dejar de estar alerta, Alfredo continuó su camino, palpando con la mano derecha el lugar donde llevaba oculto el puñal en la muñeca izquierda. Estaba allí y eso le hacía sentirse un poco más seguro. Pero apenas hubo dado dos pasos más cuando dos hombres se le echaron encima de tal modo que el candil que Alfredo llevaba en las manos cayó al suelo, haciéndose mil pedazos. Uno de los hombres le cubrió la cabeza con una capa que él mismo se quitó con rapidez mientras el otro le sujetaba los brazos con tanta fuerza que no le dio opción a sacar su arma. En unos segundos quedó retenido y con los ojos cubiertos. Ante él pasaron en un instante los mejores momentos de su vida. Estaba seguro, iba a morir.

Con un suspiro prolongado lamentó no tener la posibilidad ni siquiera de pelear como debían hacerlo los hombres. ¡En qué mala hora había rechazado la compañía de Peruggino!. ¡Qué inocente había sido al salir en plena noche y solo!. Todo por la curiosidad que habían despertado en él las misteriosas palabras de una desconocida.

Se resignó a la muerte intentando por lo menos no llorar como una mujer ni gritar como un animal. Si ésa tenía que ser su suerte por lo menos lo haría lo más dignamente que pudiera. Sin embargo el golpe final no llegó. Los hombres ni siquiera le tocaron más allá de cogerle por los brazos para obligarle a caminar.

– ¿A dónde me lleváis?- gritó para recibir como respuesta el silencio.

¿Moriría ahogado?. ¿Era otro su destino?.

Intentó usar su sentido de la orientación, que debía hacerse más fuerte a falta de otros. Conocía Venecia como la palma de su mano y sabía cuál había sido su punto de partida. En silencio y muy concentrado no tardó en percatarse que estaban caminando en círculos y alejándose del Gran Canal en lugar de acercándose.

Al fin sintió que la presión en uno de sus brazos se hacía más leve hasta desaparecer. Con un movimiento ladeó ligeramente la capa que le cubría y descubrió los contornos de una casa. Una figura embozada estaba abriendo la puerta. Retuvo la imagen de la casa, esas formas ondulantes que creyó percibir en medio de la noche, y se dejó conducir dentro.

La sala estaba caliente y a su derecha escuchó el crepitar de una lumbre. Cuando le destaparon los ojos tuvo que cerrarlos inmediatamente a causa de la luz cegadora de un candelabro frente a su rostro.

Poco a poco fue abriéndolos para ver primero el fulgor de unas velas encendidas y después una mano femenina. Una risa de mujer resonó por el cuarto.

– ¿Quién sois?- preguntó.

Ella se apartó unos pasos, dejó el candelabro sobre la mesa y vertió un poco de vino en una copa.

– Todo a su debido tiempo- musitó.

Hablaba despacio, recreándose en el placer de pronunciar cada palabra. Se llevó la copa a los labios, rojos como la sangre, y bebió hasta apurar todo su contenido. Mientras lo hacía Alfredo tuvo ocasión de estudiarla atentamente.

No era demasiado alta, ni siquiera excesivamente esbelta, pero ofrecía una imagen imponente, con la ampulosa falda carmesí y la baúta del mismo color. Un antifaz de fino encaje negro cubría la mitad superior de su rostro, dejando sólo a la vista unos vivos ojos oscuros, un lunar entre la nariz y los labios y una boca que, entreabierta, dejaba escapar una gota de vino. Sus cabellos quedaban ocultos por una larga y rizada peluca de un blanco inmaculado.

El caballero no podía jurar si era o no bella pero allí, a la luz de las velas y de la lumbre, adquiriendo su piel el tono tostado que daba el fuego, parecía una hermosa visión entre luces y sombras.

La mujer vertió un poco más de vino en la copa y se acercó a Alfredo. Se la aproximó a la boca y le animó a beber. Él se mantuvo imperturbable.

– Si vais a envenenarme por lo menos decidme por qué- dijo.

Ella sonrió y bebió la mitad del líquido.

– Si esta copa contuviera algún veneno también yo moriría. Pero ¿creéis que ése es mi deseo?.

No, pensó Cavallieri. No parecía querer poner fin a su existencia sino vivir intensamente. Alargó la mano para coger la copa que ella le ofrecía pero la dama se negó.

– Soy yo quien va a serviros- murmuró. Y Alfredo creyó entender en sus palabras segundas intenciones.

Separó los labios y ella vertió lentamente el vino en su boca. Para un buen entendido en la materia como él, era delicioso. Bebió con avidez, disfrutando de la que quizás sería su última vez. Cuando terminó la mujer tiró la copa al suelo y Alfredo dio un respingo. Luego ella se aproximó un poco más y rozó con su lengua los labios de él. Cavallieri sintió una intensa agitación interior. La dama desprendía un ligero aroma a jazmín que le perturbaba.

– ¿Cómo os llamáis?- susurró, apartándose ligeramente para respirar.

Continuará.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmagrey

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