Sexo con Lolita

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“Hola soy Lolita, si me quieres conocer pásate los martes y jueves por la sala de cinexxx, te gustará”. Leyendo con más detalle veo que se trata de una sala de cine x que se encuentra dentro de un sex-shop. El anuncio me deja intrigado, pero me olvido y sigo con lo mío.

Al cabo de unos días, por motivos de trabajo, tengo que desplazarme fuera de la oficina. Cuando salgo de hacer las gestiones voy a buscar un taxi y de repente me encuentro frente al sex-shop que se anunciaba en la red. Casualmente es martes. Demasiadas casualidades, digo para mí, y, tras dudarlo mucho, finalmente me decido a entrar en esa tienda. Es una tienda parecida a otras que había visto anteriormente. Al entrar, unas cabinas donde se proyectan películas para adultos de todo tipo. El cliente puede escoger la temática que más le guste, depositando unas monedas en la máquina.
Una vez pasadas las cabinas, aparecen una serie de vitrinas en las que están expuestos juguetes para adultos de todo tipo y tamaños, capaces de satisfacer cualquier fantasía sexual por extraña que le pueda parecer a uno.

Al fondo un mostrador, donde una señora de unos 45 años, con buena apariencia, charla por su teléfono móvil, ignorando a un par de clientes que se pasean por allí, sin rumbo. Uno de ellos se dirige a ella, y, tras cruzar unas palabras, le entrega un billete de 10 euros, encaminándose después hacia lo que se denomina cine, que queda escondido al fondo, a la izquierda, y que sólo se puede apreciar cuando uno ya ha llegado al mostrador. Armado de valor, venciendo mi vergüenza y timidez, me acerco a la señora, que de cerca es más bonita de lo que se intuía para su edad, y le pregunto por el anuncio que había visto en internet. Me dice que hay una chica, Lolita, que efectivamente va por el cine un par de veces por semana y cuando le pregunto de qué se trata, me responde con su simple: “está por ahí”.

Me quedo intrigado y curioso. Qué hago, doy media vuelta y regreso a casa o me decido a entrar en una situación desconocida e intrigante para mí? La curiosidad pudo más que mi razón. Le pregunté a la señora si la chica estaba ya en el cine y me contestó que no, que normalmente llegaba una media hora más tarde. Tras pensarlo una vez más, finalmente compro una entrada para el cine y la señora me entrega una toallita y un preservativo. Extraño cine, digo para mis adentros. Guardo ambas cosas en mi bolsillo, sin intención de usarlas y me decido a entrar en una aventura nueva para mí. Atravieso una cortina de color granate, que acumula más polvo que el telón de un escenario de teatro viejo. Una vez dentro, a la izquierda, una pantalla de cine pequeña, similar a una televisión grande, proyecta una película para adultos en la que unas chicas hacen todo tipo de maniobras para satisfacer a sus amantes.
Gemidos artificiales, de unos doblajes que se me antojan divertidos. La sala de cine es pequeña, como un salón comedor. No hay butacas ni parece, de hecho, un cine. Sólo hay unas sillas, más o menos alineadas, que pueden moverse al antojo del cliente.

Mi vista aún no está adaptada a la oscuridad, por lo que no puedo ver mucho más de lo que hay en la primera fila, ayudándome de la luz que proyecta la pantalla. Me siento en una silla y espero a adaptarme a la oscuridad. Al cabo de unos minutos, puedo ver que hay unas cuatro o cinco filas de sillas, mal alineadas, y que al final del cine hay como unos barrotes, similares a lo que podría ser una jaula, tras los cuales hay un par de sofás. En la sala hay unas 6 personas, todos hombres, más bien maduros. Continúo sentado sin prestar demasiado interés en una película sin argumento, que sólo proyecta gemidos por la sala. Veo que los hombres se levantan, salen de la sala, vuelven a entrar. Un comportamiento muy extraño para mí. Aquello parece La Rambla, con tanto ir y venir.
Así continúo esperando durante bastante rato. No puedo ver mi reloj, pero por espacio de treinta o cuarenta minutos, tengo la sensación de haber perdido el tiempo. Estaba ya a punto de levantarme e irme, cuando de pronto veo que tres o cuatro hombres, de los que estaban pululando por ahí, entran en la sala y se sientan en las últimas filas, cerca de la jaula.

No habrían pasado ni cinco minutos cuando, a pesar de los gemidos que continúan saliendo de la pantalla, se oyen unos pasos de tacones, acercándose a la sala. De pronto la cortina se aparta y entra una mujer vestida con zapatos de tacón, medias con liguero, unas braguitas de blonda del tipo “culotte” de color rojo y un top a juego, también del mismo color. La mujer es alta, con el pelo de color rubio y con un cuerpo bien formado, una preciosidad. Dada la oscuridad de la sala, no puedo apreciar si se trata de una persona joven o madura, aunque más tarde averiguaría que se trataba de una mujer de cuarenta y tantos, aunque muy bien conservada. La mujer se dirige lentamente al final de la sala, donde están los sofás. No se sienta. Permanece de pie mirando indiferentemente la pantalla de cine y, de reojo, a los habitantes del cine.Yo continúo sentado en la primera fila, echando, de vez en cuando la mirada atrás, sin que ocurra absolutamente nada. ¡Vaya desengaño!

Al cabo de cierto rato, uno de los presentes se acerca a la señorita y le susurra algunas palabras al oído. La chica le responde y el caballero, con frustración, se retira hacia su asiento. En ese momento deduzco que la chica es una profesional que se gana la vida con lo que pueda sacar en ese cine, y el caballero en cuestión perdió su morbo en cuanto se enteró que tenía que remunerar los servicios de Lolita, si quería llegar a algo con ella. Llegados a ese punto me pregunto, bueno que hago yo aquí, ahora? No pienso pedirle sus servicios a la señorita y la película no me interesa lo más mínimo. Quizás es momento de marcharse. Afortunadamente no lo hice. Esperé unos minutos más, con la esperanza de tener alguna experiencia nueva para mí. Y así fue, aunque pasaron varios minutos previos de aburrimiento sin que ocurriera nada, sólo el deambular de los hombres maduros de un lado a otro, entrando y saliendo de la sala, sin aparentemente ningún objetivo en concreto.

Al cabo de cierto rato, pude ver que la chica atravesó el local y se marchó a través de la cortina. La siguieron más de la mitad de los presentes. Yo permanecí sentado, sin saber qué ocurría. Tras unos minutos de incertidumbre, la mujer apareció de nuevo y se acomodó junto a la pantalla, permaneciendo de pie mirando al público. Ahí fue cuando empezaron a suceder cosas que no hubiera imaginado antes de entrar al cine. De pronto uno de los clientes sentados en la segunda fila se levantó y se apoyó contra la pared, delante de la chica. Ella ni se inmutó. Lo miró de arriba abajo, pero ni caso. Otro hombre en el lado opuesto de la sala hizo lo mismo. Parecían haberse puesto de acuerdo, o tener notable experiencia en este tipo de encuentros.

Sin dudarlo, ambos desabrocharon sus pantalones y dejaron a la vista sus miembros, que empezaron a masturbar con lentitud. Mientras hacían estas maniobras, no dejaban de mirar a la chica que, a su vez, también les miraba a ellos, aunque en ningún momento se estableció contacto físico. Aunque la sala estaba oscura, la luz de la pantalla permitía ver como sus penes se pusieron duros, ayudados por sus tocamientos. La chica continuaba mirándolos, como animándoles a que continuasen, ante la rara posibilidad de que contratasen sus servicios.
El hombre que estaba más cercano a ella comenzó a masturbarse con más ímpetu, aumentando el volumen de sus gemidos, hasta que finalmente lanzó un chorro de semen que cayó directamente al suelo de la sala. La chica lo miró y le sonrió, sin más. El otro hombre continuaba también con sus toqueteos, pero en ese caso, debido a la distancia, no pude apreciar si llegó hasta el final.

De repente, otro de los asistentes se acercó a ella y le comentó algo al oído. Ambos salieron un momento de la sala, desapareciendo detrás de la cortina y regresando al cabo de pocos minutos.
Una vez dentro de la sala otra vez, ella le indicó al hombre de entrar en un cubículo situado al lado de la pantalla y que, hasta ese momento, había sido invisible para mí. Pude apreciar que se trataba de un espacio, parecido al de un cambiador de esos que hay en una tienda de moda, en el que no había ninguna cortina ni puerta para cerrarlo, pero que, debido a la construcción de sus paredes, dejaba bastante disimulado lo que ocurría en su interior. Cuando ambos se dirigían hacia ese diminuto lugar, también pude ver que había otro espacio parecido que comunicaba con el primero. Inmediatamente observé que la mayoría de los presentes se levantaron de sus asientos y se pusieron detrás de la pareja. En esta ocasión, hice lo mismo. Quería descubrir qué sucedía en estas situaciones. Tuve la suerte de que mi asiento estaba cercano a ese lugar, por lo que quedé situado cerca de la pareja. Ambos entraron en el primer cuarto (por llamarle de alguna manera) y vi que uno de los otros hombres entraba en el espacio contiguo. No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir. Estaba nervioso, indeciso, tenía un montón de sensaciones que no sabía cómo describir. Continué en mi posición en espera de los acontecimientos.

No tardaron mucho en ocurrir. El señor que estaba con Lolita, que era de estatura baja y no muy agraciado físicamente, había acordado con ella un servicio y estaban allí para realizarlo. Como he comentado no había ni cortina ni puertas que impidiesen ver lo que sucedía en el interior, aunque también es cierto que había que asomarse para tener una visión regular de lo que allí ocurría. Pude observar como Lolita acariciaba a su cliente, sin importarle la cantidad de curiosos que observábamos su trabajo. Tampoco al cliente parecía importarle demasiado la falta de intimidad. Después de unas caricias intrascendentes, las manos de la profesional alcanzaron la entrepierna del cliente, que entiendo que en ese momento ya estaría preparado para el siguiente paso. No tardó la chica en desabrochar la cremallera del pantalón y en sacar un pene, de dimensiones considerables, que empezó a trabajar con delicadeza. Mientras tanto, Lolita iba susurrando algunas palabras a todos los que estábamos allí, aunque no pude entender lo que estaba diciendo. Lo que sí comprendí perfectamente fue cuando uno de los mirones intentó hacerle algunos tocamientos a las piernas de la chica, a lo que ella inmediatamente respondió, con palabras perfectamente identificables, que eso tenía un precio y que si no se paga, nada de tocar!

Sus manos continuaban acariciando el pene, arriba y abajo, y el tamaño del mismo aumentó todavía más. De pronto, la chica dirigió el pene hacia la pared, dando la espalda a los presentes, y dijo, “vamos cabrón, chúpale la polla”. No pude ver nada, pero al parecer, existe un agujero que comunica los dos compartimentos y el hombre que había entrado en el otro había empezado a chuparle la polla al cliente de Lolita. Después de un rato, volvió a darse la vuelta. El hombre estaba manoseando las tetas que la chica había sacado de su delicado top. La otra mano la había introducido por debajo de la braga y le estaba tocando el coño, que en ningún momento quedó expuesto a la mirada del público.
Ella continuaba su trabajo manual, como una experta profesional, hasta que llegó el momento de arrodillarse y, tras ponerle un condón al cliente, empezar una felación, que, supuse, era el servicio contratado por su cliente. Allí estaba ella, moviendo su cabeza arriba y abajo, haciendo desaparecer esa enorme polla entre sus labios, con el riesgo de que le ahogase la garganta. Así estuvo un buen rato hasta que sus movimientos se aceleraron y, ayudada por sus manos, consiguió que el pene del señor bajito descargase todo su semen en el fondo del preservativo, que hábilmente recogió, sin derramar una sola gota en el suelo.

Lo más curioso de todo es que cuando terminó, la chica miró a su público como esperando su recompensa, a lo que todos empezamos a aplaudir como si de una obra de teatro se tratara. Después de recomponerse su diminuta vestimenta, la chica desapareció, de nuevo tras la cortina.
Cuando me giré, después del espectáculo, pude ver que la mayoría de los hombres de la sala tenían el pene en sus manos, masturbándose de forma compulsiva. Todos, excepto un par de ellos, que habían encontrado cobijo en los sofás situados al fondo de la sala, tras los barrotes, y que en esos momentos estaban practicando sexo anal.
La experiencia había sido ya demasiado para mí. Salí de la sala tranquilamente y abandoné el local en el que había vivido una de las aventuras más extrañas de mi vida. No creo que vuelva a poner mis pies en ese cine. O quizás sí.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmagrey

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