Lo Que Sabemos Nosotros

Lo que no sabe Grey es que cuando te enfadas y me enfado el único elixir que acaba reanimándonos es el roce de tu piel con la mía en medio de un abarrotado vagón de metro. Entonces se cruzan nuestras pupilas y entre la llama que comparten descubrimos nuestros rostros agotados del enojo pero deseosos de la furia que compartimos entre las sábanas. La vida se ve diferente cuando nos comemos los metros a bocanadas y compartimos respiraciones en besos a medias que robamos a las zancadas poderosas con las que nos acercamos a mi casa. Allí, lo que no sabe Grey, mi amor, es que mientras introduzco la llave en la cerradura tú haces lo mismo con tus manos en mi cintura y bajas la cabeza para registrar con tu boca los aromas de mi cuello.

De ahí, apenas pasan segundos hasta que mi corteza se eriza y comienza a pedir a gritos que la dejes desnuda, que me dejes desnuda. Lo haces de camino a la habitación, tropezando entre risas con las prendas que dejamos por el camino como testigos de nuestro desenfreno. ¿Quién se acuerda ya de ese enfado? Y, ¿quién se lo pregunta?, si lo único que acertamos a formular es por qué nos embarga tanto deseo, por qué parece que nos falta tiempo para comernos y recorrernos a oscuras, cegados por una fuerza externa que siempre nos lleva a esa cama, demasiado bien hecha como para que aguante mucho tiempo sin ser desbaratada.

Minutos. Lo que no sabe Grey es que aguanta minutos, porque tu cuerpo se lanza con el mío y alborotamos las sábanas buscándonos, sintiéndonos, ansiando con anhelo -con codicia, con ansiedad, con urgencia, con sosiego- conocernos más de lo que lo hacemos. Nos descubrimos, de nuevo, frenéticos y sedientos; luchamos sin rumbo y ganamos los dos.

Yo gano, mi vida, cuando me estremezco en un roce de tu lengua y mi pezón, y te agarro fuerte, y marco caminos de lujuria en la piel pálida de tu espalda. Si te hago daño, me falta el tiempo para lamerte las heridas, y seguir lamiéndote, perturbando tu calma, llegando a tu sexo y fijándome ligeramente en tus ojos, que se cierran, se abren, me miran, contemplan el techo. Mientras, susurras. Al principio, un murmullo tímido, precoz; después, uno que me busca, se aferra, me da la vuelta y me besa los hombros. Mientras, agarras mi pelo, lo apartas, me dices un par de palabras que bullen en los mil grados que creamos dentro de nuestro reino. De nuestra habitación. Y, cuando por fin te siento, el tiempo se para, te recibo, te espero, te recibo, te espero, te recibo, te atraigo a mí, me cortas la respiración, te quiero mío, me haces tuya. Y desaparecen las paredes, se esfuman, no existen, no hay nada que no seamos nosotros, inmersos, enajenados, en nuestro baile prístino y honesto. Nos sentimos como los primeros seres humanos que lograron tocarse en la Tierra.

Y grito.
Y suspiro.
Y te abrazo.
Y agotas tu último jadeo.

Un murmullo corto, un espasmo, un segundo que dura todo lo que aguantemos cortándole el paso al tiempo. Quedando, suspendidos en el espacio, terminando de hallarnos. Exhaustos.

Lo que no sabe Grey, mi piel, es todo lo que sí sabemos nosotros.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmagrey

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