Días Inesperados (Día 1)

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La ciudad amanecía, hace un tiempo Vicente había decidido mudarse del pueblo donde había residido, por su espalda a lo lejos, más allá del horizonte sabía que alguien le buscaba desesperadamente, pero ya había tomado una decisión y no cambiaría su palabra, no tardó mucho en encontrar un espacio disponible relativamente cerca del centro.

El cuarto que alquiló se encontraba en el segundo piso de un edificio contiguo a una pastelería, mientras inspeccionaba su cuarto escuchó que alguien golpeaba la puerta, asustado de que fuese algún familiar suyo (o Amelia en el peor de los casos), baja con el mayor de los cuidados, a través de la mirilla de la puerta observa a una mujer que sostiene un pastel, extrañado abre la puerta con precaución.

-Disculpe, ¿Es usted Vicente?- Sin la mirilla, lo que parecía ser una mujer se había transfigurado en una joven, no debía pasar los veinte, morena como la azúcar, diez centímetros más alta que Amelia, su complexión normal, nada faltaba pero tampoco sobraba, sus pechos tenían el tamaño de naranjas, sus brazos eran un poco más que firmes, por sus vestidos y el pastel de chocolate debía trabajar en la pastelería, su culo debía de ser normal, pues sus piernas delgadas y sin ejercitar lo eran.

-Sí, ése soy yo, pero yo no le conozco, lo siento.- Estaba por cerrar la puerta al momento que la joven estira sus brazos y ofrece el pastel.

-Tómelo, por favor.- A él le palpita el corazón con fuerza, más que por el pastel es por el rostro sonrojado de aquella señorita, tenía los ojos cerrados mientras decía aquellas palabras, incluso aquellas manos de trabajo estaban temblando, tomó el pastel por mero compromiso, pues a él ni siquiera le agradaban las comidas dulces, en cuanto lo tomó la joven salió corriendo cabizbaja y se introdujo en la pastelería; Vicente sube las escaleras, abre el viejo frigorífico de color hueso y aroma a desuso, deposita el pastel manchando su entorno, baja a cerrar la puerta, encuentra un sobre tirado al pie de las escaleras, lo toma, cierra, sube, deja caer la carta en su maleta de viaje y  se tira en la cama, sin mucho afán de comer o leer, sin ganas de estar despierto, el recuerdo de Amelia logra sacarle una lágrima que llega hasta la almohada, aquella extraña pastelera… ¿De qué color eran sus ojos? No importaba, después de todo sólo era una persona más que iba de paso.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmagrey

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