Días Inesperados (Día 2)

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El aroma del pan recién horneado invade el estómago de Vicente recordándole que no ha comido nada en todo el día de ayer, el sol aún no asoma pero ya en la lejanía se escuchaban los autos que van y vienen, los repartidores que comienzan a trabajar desde las seis de la mañana, uno o con suerte dos pájaros que se han extraviado; con el estómago vacío arroja sus prendas a una esquina de la habitación, toma una ducha, se coloca una camisa azul, un pantalón de mezclilla y los viejos zapatos que tanto le han acompañado, ése día compraría ropa, después de todo una nueva vida necesitaría de nuevas cosas para vivir, el dinero que ahorró en 10 años serían suficientes para iniciar un negocio, quizá una joyería o una pastelería, antes de salir recordó que el día anterior recogió un sobre, regresó a revisar su maleta pero no había encontrado nada, siguió buscando por la habitación encontrándola en la mesa de noche donde estaba el reloj despertar y una lámpara de lectura, no le dio importancia al hecho, rompió el sobre y de éste extrajo un pequeño objeto metálico, una llave pequeña y una carta escrita a mano por una bella letra:

“Querido Vicente, lamento mi comportamiento de ayer, mi nombre es Diana, es un placer conocerle, le vi llegar desde temprano y noté que mi abuela le dio la llave para entrar al cuarto, supongo que ahora estará viviendo con nosotros, bueno, no con nosotros, con la familia, no, no, eh… Vivirá en su departamento.

Disculpe, soy despistada y un poco torpe, lamento que no sea lo que a usted le agrade, pero daré lo mejor de mí misma para llegar a gustarle y que usted piense en mí.

Espero que su estancia sea de su agrado, nuestra pastelería abre a las 5:30 de la mañana y cierra a las 9:00 de la noche, ya que usted es como nuestro invitado puede pasar todas las mañanas por un pan y un café, si lo prefiere también puede.”

Aunque la carta hubiese sido rayada se entendían las palabras, ¿Acaso le gustaba? No, lo más probable es que esté confundida y no sepa qué decir. Como la carta lo indicaba bajó a la pastelería ésta vez asegurándose de dejar la carta en su maleta cerrada, se detuvo antes de entrar, meditó unos segundos y se alejó, en el interior se encontraba el rostro desilusionado de una joven que esperaba al hombre que le arrebataba el sueño, en su caminata matutina encontró un parque a unas cuadras de su punto de partida, más allá un centro comercial con ofertas diarias que abría a las 9 de la mañana, a dos horas de estar caminando hay un cine en donde las películas que estrenan tienen, en su mayoría, contenido erótico, las menos es porno de baja calidad, de regreso pasó por las tiendas del centro comercial, además de la ropa compró cultura, aunque no se le puede llamar compra cuando vas caminando y un anciano te ofrece cinco libros de manera gratuita, sólo así, sin pedir nombres, sin exigir algún servicio, sin intentar asaltar, Vicente estaba por salir del centro comercial con las bolsas llenas y la cartera vacía, se quedó un minuto fuera de la única librería abierta a ésa hora, un señor de avanzada edad le habló.

-¿Le gusta la lectura exótica?- La voz carrasposa del veterano le hablaba desde la profundidad de la habitación.

-No estoy seguro, debo leerlo para saber si me gusta.- Vicente sólo miraba sin detenerse en ningún libro, el viejo se acercó con cinco libros sólo uno de ellos parecía libro, los demás eran demasiado delgados para serlo.

-Toma éstos, llévatelos, no me pagues nada y si no te agradan me los traes mañana.- Ambos cruzaron una mirada que firmaba un contrato silencioso, los tomó y salió de la tienda sin despedirse, el viejo sólo tenía una torcida mueca que figuraba ser una sonrisa.

De regreso a  su departamento, Diana se encontraba barriendo la banqueta.

-Buen día Señor Vicente.- Su infantil sonrisa escondía un sentimiento de llanto y desolación.

-Buen día… Di…- Recordó el sobre y giró su cabeza para mirar la cerradura esperando que se encontrara de la misma manera en que la había dejado.

-Diana Señor, mi nombre es Diana.- Había suspendido su actividad mientras se acercaba a su nuevo vecino esperando alguna palabra favorable sobre su pastel.

-Sí, Diana, disculpa, sostén estos libros mientras abro.- Le entrega apresuradamente los libros, casi soltándolos al aire.

-Seguro Señor.- La mirada de la pastelera se pierde en la inspección de aquellos textos, él por su parte abre con cuidado la puerta, ¿Le había puesto el seguro? Ahora era evidente que debía prestar más atención en los detalles, tomó las bolsas, subió con un poco de inseguridad, revisó su maleta comprobando que la carta seguía ahí, lanzó un suspiro al momento que se desplomaba en la cama, miraba el techo inmaculado, cerró los ojos pensando en la voz del anciano, ¿Qué habrá en los libros? Los libros… ¡Los libros!! Se levantó esperando que la pastelera no se hubiese cansado de esperar con los libros en la mano, al parecer si, pues ya no se encontraba, subió cerrando la puerta tras sí, más tarde preguntaría por ella en la librería, cuál fue su sorpresa al ver sentada sobre la cama a su vecina en posición de loto con uno de los libros en sus manos y los otros abiertos alrededor de ella, Vicente deja caer las llaves provocando que la mirada perdida en el texto se levantara y una sonrisa invadiera el rostro de su “acompañante”, en cuanto sus miradas se cruzaron Diana arrojó el libro tras ella y se lanzó al suelo en la primer posición de sumisión “Torre”.

-Mi Señor Vicente, aquí estoy a su disposición.- Su cabeza cabizbaja con la mirada fija en el piso, sus manos con las palmas hacia arriba sobre sus piernas, si no fuese por el gorro su cabello caería hasta el suelo en aquella pose. A Vicente se le congelaron las ideas, no había nada que él pudiera hacer ¿O sí?

-Lo siento, tienes que irte.- Se aceró a la pastelera que se le ofrecía con paso determinado a sacarla, tomó su muñeca derecha y comenzó a halarla pero ella se resistía suplicando.

-Por favor Mi Señor, haré lo que me pida, permítame quedarme Mi Señor.- Su mirada ahora se encontraba húmeda, su sonrisa lentamente se iba desfigurando, él se desesperó por su actitud y de un tirón la arrojó delante de él lastimando su espalda.

-Entiendo, me iré si es lo que Mi Señor desea.- Ella hablaba sin querer hacerlo, sus sentimientos se habían destrozado en aquél acto, se levantó sin sacudirse y se retiró azotando la única puerta que conectaba con el exterior, él se limitó a ver todo en absoluto silencio, cuando ella se hubo ido él tomó el libro que antes se encontraba en aquellas manos, aunque sólo la tomó por su muñeca, su piel resultaba ser cálida y suave; el título del libro resultaba ser sólo cuatro letras, cuatro letras que le enseñarían a respetar a una mujer, a amar el arte, a no sucumbir antes los deseos profanos de la carne, cuatro letras que le abrirían las puertas ante un mundo que tiempo después le traería un final interesante, el título decía “BDSM”.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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