Días Inesperados (Día 6)

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Había pasado más de una semana desde el día en que había salido del pueblo, más de una semana desde que no había visto a Amelia, necesitaba verle por lo menos una vez más, sus sentimientos hacia ella no habían cambiado, le amaba, decidió trasladarse al poblado, tardaría media mañana en ir y media tarde en regresar, tomó su maleta puso ahí un cambio de ropa y tomando el primer autobús se dirigió al lugar donde se encontraba su amor.

No pasaron más de dos horas para encontrarla, se encontraba charlando con otro hombre en mitad de la plaza, se observaron sólo un momento antes de que él comenzara a correr en dirección a la estación, ella le siguió hasta encontrarlo con la cara sobre el poco asfalto que había, estaba llorando pero no se levantaba para que ella no lo viera así.

-Levántate, sé que estás llorando, te conozco mejor que tú.- Su voz era amable y considerada con el hombre que le había herido.

-No.- En su mente sólo estaba la humillación en la que ahora se encontraba y su dolor por haberla visto con otro.

-Anda, vamos a tu casa.- Su compasión aniquilaba el orgullo que ahora estaba por los suelos.

-No quiero mi casa, vamos a otro lado.- Sus infantiles petitorias le hacían parecer un infante que había perdido contra su mejor amigo, a pesar de que estaba enojado (consigo mismo) le amaba.

Entraron a uno de los pocos hoteles que el pueblo tenía, con la expansión de la ciudad todo se modernizaba poco a poco, los relojes despertadores reemplazaban a los gallos, las tortillas ya no se hacían, se compraban, los niños eran menos en las calles y más frente al televisor, la vida moderna era menos saludable pero era una vida que todos aceptaban como buena. Él se encontraba observando el ventilador de techo, no estaba seguro de qué contarle a su anfitriona, por fin encontró un tema aunque su título fuese corto era sumamente interesante.

-¿Conoces algo que se llama BDSM?- Sus ojos seguían fijos en las hélices giratorias.

-Sí, mis padres lo practicaban, me enseñaron lo necesario, ¿Por qué lo preguntas?- Su voz era completamente tranquila, lo que a él le había parece novedoso para ella era un tema de antaño.

-Por nada, lo vi en algún sitio y quería saber de qué iba, no importa.- Se giró dándole la espalda a lo más importante que tenía en su vida, ella por su parte se acercó y acarició su nuca y su espalda.

-Vaya, creí que me habías preguntado porque lo querías practicar, estoy segura que te sientes muy solo desde que te fuiste…- Una voz mezcolanza de seducción e incitación provenía de la pequeña boca de su amiga. ¿Solo? Diana le había hecho un poco de compañía dentro de su soledad, no había estado solo, quizá un poco, pero no en su totalidad, él podía conseguir compañía fuese a donde fuese, o él creía eso.

-Siempre supiste entenderme aun cuando te mienta.- Se dio media vuelta hasta posicionarse en el pecho de Amelia, ella le abrazó tiernamente como si fuese su hijo.

-Cuando mientes es más fácil.- Desabrochó los botes de su blusa mientras se quitaba las zapatillas blancas de tacón alto, él palpaba su espalda, sus nalgas, sus piernas, acariciaba cada parte de su compañera mientras olía el delicioso perfume a cítricos que desprendía su piel.

-Haz lo que desees con mi cuerpo, será mi primera vez pero sabré soportarlo, por el amor que te tengo podría darlo todo a cambio de una sonrisa como sólo tú la tienes.-  Ambos se miraron al tiempo que Vicente comenzaba a succionar su pezón derecho, un gemido se produjo por aquella acción, ella retiro por completo su blusa, no usaba sostén, le ira incómodo y las veces que lo había hecho era por mero compromiso social, él ahora movía su lengua en círculos pensando en que ésa sería la segunda vez que probaba el cuerpo de la mujer que amaba, ella se recostó pensando en que si era él podría dejarlo jugar lo que quisiera, sabía que no le lastimaría intencionalmente, que le respetaría, que le cuidaría, que le amaría; él ahora comenzaba a recorrer su cuerpo, sus manos jugaban con sus pequeños senos que cabían justos en sus manos mientras que con su boca besaba su cuerpo, en momentos bajaba su mano derecha recorriendo su vientre o su espalda, los minutos pasaban mientras las ropas caían, al encontrarse desnudos el pudor se había esfumado, cada detalle era visible para ambos, él fue hasta su mochila, ella en silencio observaba cómo sacaba una vela blanca, un encendedor, esposas de metal y dos tiras de cuero con hebilla cada una de 35 centímetros.

-Dime cómo quieres que me coloco y lo haré.- Su voz extasiada iba a juego con su sexo mojado y su cuerpo caliente.

-¿Conoces las posiciones básicas?- Aun dudando de que lo que estaba pasando fuese real se aseguró de no errar ésta vez.

-Sí las conozco.- Se había acostado de lado mirándole mientras acomodaba los instrumentos que le servirían de placer.

-Colócate en posición de brazaletes y afloja el cuerpo.- Así lo hizo sin rechistar, él era su adoración, no podría negarle algo tan simple como una entrega física, ella deseaba darle más, hacerlo feliz, si así era feliz entonces lo haría cada día con tal de ver la sonrisa que le enamoró.

En aquella posición contemplaba con esplendor los kilos de más que se acumulaban en su cintura, no eran feos, al contrario, le daba una estética distinta al resto de mujeres que intentaban perfeccionar su cuerpo a base de sacrificar las delicias que ofrece la vida, él prefería a una mujer real con sentimientos en lugar de una artificial descerebrada; primero fueron los cueros, los colocó en cada uno de sus tobillos de tal forma que si se jalaran éstos apretasen más, después las esposas, antes de cerrarlas completamente introdujo el sobrante del cuero en cada respectivo aro, le dio tres vueltas sobre el metal para que no pareciera sobrante, sino una unión más, repitió la acción de lado contrario.

-Intenta levantar los brazos.- Su voz era tranquila y su actitud reservada, no cometería otro error; Amelia hizo un esfuerzo en vano por levantarse.

-Lo has hecho bien, no me puedo mover mucho, ¿Qué sigue?- Vicente se pegó como sanguijuela en el lado derecho de su cuello, su mano izquierda acariciaba sus pechos desde y su mano derecha jugaba con la húmeda intimidad velluda, escuchaba el gemido que desprendía con sus juegos, las manos de ellas estaban a la altura correcta para también jugar, cuando tocaron aquel falo para comenzar a acariciarlo él apretó sus manos obligándole a soltarle mientras lanzaba un grito mezcla de placer y un ligero dolor.

-Quédate quieta…- El grave susurro de su voz hizo estremecer la mente y el cuerpo de su centro de juegos.

-Sí Señor…- Los suspiros, los gemidos, el sudor y las caricias iban en aumento, el calor que desprendía el cuerpo de su pequeña niña era sumamente superior al de la habitación, su mente se había alejado a un mundo donde sólo existía el placer de pertenecer a su gran amor, él pensaba en limitarse, su falo era un volcán a punto de explotar, sus venas palpitaban haciéndolo dar pequeños saltos en el aire, sin que Amelia lo notara había encendido la vela continuando su masaje sobre tan bello y exquisito cuerpo.

-Inclínate hacia el frente.- Una orden directa, sin palabras ambiguas ni de doble sentido, una orden sencilla para ejecutar. Al momento en que se estiraba hacia el frente gimió un poco cuando por necesidad tuvo que abrirse y mostrar aquel suculento manjar de líquido chorreante, la vela se había calentado lo suficiente, la posicionó lo más alto que pudo sobre las nalgas que a pesar de ser casi planas tenían un cierto atractivo, las primeras gotas calientes le hicieron dar un salto trabado por las esposas, él sonreía con cada gota que se posaba sobre ella salpicando las cobijas, la hacía caer sobre sus hombros, espalda, brazos, nalgas, pies y piernas; la mente de ella se nublaba con el calor, al refrescarse se mantenía una tranquilidad sublime en su piel; la llama de la vela crecía por la posición, la cortó un par de veces para que la cera no quemara ni dejara marcas realmente visibles, uno de los libros decía que para marcar a la Sumisa no se tenían que dejar marcas a flor de piel, si no dentro de la piel, dejar marcas que lleguen a tocar las fibras del alma para que la entrega sea de mayor profundidad; cada diez minutos dejaba la vela sobre una de las mesas que había en su alrededor, en ése descanso aprovechaba para penetrar los agujeros de su compañera, el dedo pulgar de su mano izquierda se colocaba en el clítoris moviéndose de manera circular, los dedos índice y medio se introducían en el túnel lubricado, su mano derecha acariciaba sus nalgas, las apretaba, las estrujaba como su fuesen dos jamones, mientras avanzaban los minutos su mano derecha se alejaba del exterior para introducirse en su culo caliente, dilatado y deseoso de ser penetrado.

-Señor… me estoy cansando.- En efecto sus brazos habían comenzado a temblar desde hace un rato, en ésa posición debía dejarle circular la sangre, pero aun así, si el cuerpo no está acostumbrado cualquier nueva posición debía de ser moderara la duración, dos horas habían sido tiempo suficiente. Lentamente le quitaba las esposas y los cueros a la par que ella se iba desplomando quebrando la cera petrificada, su cuerpo temblaba mezcla de éxtasis junto a un frío demoledor que surcaba su cuerpo envolviéndola en una caricia extraña, acogedora pero a la vez capaz de hacerla sucumbir ante el hombre que estaba guardando las herramientas utilizadas.

-¿Te encuentras bien Amelia?- Su voz ahora estaba tranquila, intentaba acoger a su compañera.

-Sí, pero…- Cruzó los brazos y bajó la mirada antes de continuar con una voz similar a un susurro.

-Quiero un abrazo…- Su voz era aún más dulce que antes, su rostro sonrojado era tal que había cerrado los ojos de una pena surgida por la condición en la que se encontraba.

-Te lo daré, pero antes vamos a ducharte.- Entró al cuarto de aseo, abrió las llaves que dejaban correr el agua hacia la tina, medió la temperatura y regresó al cuarto, la levantó en sus brazos, era mucho más ligera que Diana, el agua cubría apenas la cuarta parte de la tina cuando depositó con cuidado a su pequeña obra de arte, el agua la sentía como si fuese una tela gruesa cubriéndola, la mayor parte de la cera se cayó sin tener que tallarle, sólo la mano de él junto con el agua le tocaban para no lastimarla, al terminar le hizo una seña con la mano para que se levantara, con la toalla la secó lentamente empezando desde sus brazos para terminar en sus pies, cuando hubo terminado ella se abrazó de su amado caballero, en una furtiva mirada él le entregó un beso en su frente, juntos se dirigieron a la cama para caer en un sueño profundo donde las amapolas cubren las praderas y el sol le sonríe a la vida.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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