Días Inesperados (12)

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Quizá era tiempo de buscar a la pastelera, habían pasado dos días sin saber de ella, la puerta no había sido empujada aquellos días, era probable que le hubiese lastimado, no… ella quería ser tratada de ésa manera, eso era, ella quería sentirse así, por eso él la había tratado así… Salió para conseguir más víveres, ayer sólo tuvo una comida pues no recordó hacer las compras, hacía falta que ella llegara a su departamento para que hiciera la limpieza otra vez, pronto serían las 10 de la mañana, ya estarían abiertos los locales del centro comercial, salió vestido como tantas otras veces, zapatos negros, pantalón de mezclilla y camisa de vestir, el traje era suyo pero no le interesaba usarlo continuamente. En el centro comercial se dedicó a proveerse de lo mismo de siempre, sopas, fruta, carnes, cereales, intentaba mantener una dieta balanceada para prolongar su vida, en una de tantas tiendas observó nuevamente la palabra BDSM, era posible encontrarse al viejo nuevamente, cada vez que lo veía algo cambiaba en su realidad, era una tienda de recuerdos la palabra estaba pasmada en una taza para café, entró pensando en ver al veterano, en su lugar observó a una hermosa señorita de cabellos dorados y piel tan blanca como la nieve, sus labios eran rosas como una flor primaveral.

-Buen día señor, ¿En qué le puedo ayudar?- Su voz era como una suave canción de cuna.

-Disculpa, creí que podría encontrar a un viejo conocer del BDSM, me equivoqué.- Miró en la chica una expresión de asombro.

-¿Te pasa algo?- Preguntó pensando que algo le dolió o perturbó. La chica se levanta de la silla detrás del mostrador, toma un papel de propaganda de la tienda, comienza a escribir quién sabe qué, termina y camina hasta estar frente a él, era mucho más menudita que Amelia, encontraba cierto atractivo en ella, le colocó el papel en el bolsillo de la camisa.

-Ve ahí por la noche, te vas a divertir.- Le dio una mirada coqueta mientras regresaba a su puesto detrás del mostrador como si nada hubiese ocurrido. Él salió de la tienda con las bolsas en las manos, se dirigió directo a su casa para averiguar de qué iba el papel que le entregó aquella chica. Tropezó sin caer un par de veces antes de llegar, la ignorancia le hacía correr, ¿Por qué no sólo dejaba las bolsas en el suelo? Si… ¿Por qué? No era sólo el hecho de querer saber, era el hecho de querer escapar de la realidad, era huir de aquellas personas, era correr lejos de toda la sociedad, ocultarse en su guarida y mirar todo desde las sombras. Dentro de su espacio seguro pudo leer la nota, “Jardín del Edén, 8:00 p.m.” ¿Qué era ése lugar? Miró el reloj, 4:23, tenía tiempo para cambiarse y buscar el lugar, no sabía qué tipo de lugar, así que salió a preguntar acerca de aquel lugar en cada tienda, con cada persona que pasara, no tardó más de veinte minutos en recibir una respuesta certera, se adentró a la ciudad, tuvo que tomar un camión para llegar rápidamente, con todo eso llegó casi una hora después al lugar indicado para descubrir que era un Salón, un lugar nada modesto, se podía observar que no escatimaron en los gastos de construcción ni decoración, él se sentía como un pordiosero frente a tal lugar, regresó con cierta tranquilidad a su departamento, 6:54, la hora indicada se acercaba, tomó como pudo una ducha, se vistió apresuradamente con el traje y salió nuevamente hacia el Salón, no tenía reloj pero el camión se retrasó, sabía que llegaba después de la hora acordada, dio un suspiro cuando bajó en la parada más cercana al lugar, para su sorpresa se encontró con la misma chica que le había entregado el papel.

-Te estaba esperando, Mi Maestro André desea verte, sígueme por favor.- Ella se mostró aún más Sumisa que Diana, si es que era posible, avanzaron relativamente juntos hacia el Salón se podía observar una hilera de autos de los cuales bajaban hombres y mujeres usando máscaras blancas, rojas, azules o amarillas, en la entrada estaba el viejo veterano al cual cada persona que llegaba lo saludaba de manera cortés y amable, algunos le estrechaban la mano otros se acercaba a susurrarle mientras introducían su puño en uno de sus bolsillos dejando algo, lo más probable era dinero.

-He cumplido con su encargo Maestro André, ahora regresaré al lado de mi Amo, permiso.- La joven se retiró de la misma manera en como había llegado dejando a Vicente con André.

-Me alegra que hayas venido, la fiesta de hoy se debe gracias a ti.- Su voz ahora no era carrasposa, tenía una voz profunda, varonil. Más confundido que molesto también habló.

-¿Y yo qué figuro entre todos éstos riquillos?- Su voz denotaba intranquilidad y altanería.

-Todos tenemos algo en común, la diferencia es que tú has permitido que alguien se nos una.- Una mirada radical por parte del Maestro le hizo callar, al parecer debía de esperar para conseguir las respuestas que deseaba, se quedó con el viejo durante dos horas más hasta que el último de los invitados llegó.

-Ahora entremos, ya debe de estar preparado tu regalo.- ¿Regalo? La situación era cada vez más incómoda, ahora además de ser el invitado tenía un regalo, entraron por las puertas de ébano pulido, dentro todos estaban charlando en una especie de piso hundido, mientras bajaban una escalinata hacia donde se encontraban todos la misma chica que le presentó a André le dio una máscara roja similar a las que todos usaban.

-Rojo es Dominación, Blanco es Sumisión, Azul es Esclavismo y Amarilla es Versatilidad.- Mientras bajaban André hablaba tranquilamente, Vicente estaba ocupado intentando inquirir si era una trampa, un sueño o simplemente tomaron a alguien equivocado.

-A pesar de que la ciudad es grande, hay una red de comunicación estrecha con todas las personas pertenecientes  del BDSM, tú llegaste en un momento ideal, había una persona de la cual todos hablaban pero nadie podía acercársele más allá de su trabajo, pero tú, que ni siquiera lo intentaste, pudiste conquistarla totalmente.- Hablaba de la pastelera, eso era seguro, ¿Qué figuraba ella en todo eso?

-Hoy queremos agradecerte y que seas el primero en tomar la gloria triunfal antes de cederla para que todos disfrutemos, ¡Contempla tú creación!- Al tiempo que gritaba las palabras tocaba el hombro izquierdo de Vicente y alzaba la otra mano dando señal para que  quitaran una cortina al fondo de la habitación, impresionado por lo que vio no lo concebía como real, en una X se encontraba el cuerpo de Diana, dos mozos se acercaron para transportarla a la mitad del evento, un mozo más les entregó dos varillas gruesas a los lados de la cruz para clavarlas en orificios que se encontraban diseñados para el asunto, de tal manera se podía concebir una imagen estática y ninguna acción perturbaría el cuadro.

-Pide lo que desees y te lo daremos, una cuerda, un látigo, una vela, sólo ordena y nuestros mozos lo traerán.- Las miradas se clavaban en Vicente, incluso la de Diana que al parecer no le reconocía, se acercó ignorando las miradas, ella le sonrió.

-Señor… castígueme, soy su puta…- Él no creía las palabras que escuchaba, no importaba quien hubiese sido, las palabras habrían sido las mismas, el hecho no cambiaba, la furia invadió su ser, mi mente se liberó de cualquier escrúpulo.

-Una vela, un látigo de 80 cms, un balde con agua fría, un vibrador grueso y pongan de cabeza a ésta puta.-  Su voz se escuchaba fuerte y firme, los mozos se pusieron a trabajar, liberaron a Diana y la ataron al revés, tardaron quince minutos más en tener las herramientas solicitadas en una mesa a un metro de él; tomó el vibrador tan grueso como tres dedos, caminó hasta donde estaba la puta de cabeza, se lo insertó con facilidad en el ano, lo dejó encendido mientras la zorra gritaba de placer, agarró la vela y el encendedor, regresó a su obra introduciendo la vela en su coño húmedo de placer, la insertó de manera que la cera cayera sobre su vagina, su torso y sus pechos; se detuvo a observar su medio ambiente, sobre sus cabezas se encontraba un gran candelabro rodeado por otros cuatro, el piso tenía intercalados cuadros negros y blancos, la muchedumbre ahora comenzaba a excitarse, las máscaras azules se encontraban desprovistas de ropa, algunas máscaras rojas se sentaban sobre las blancas, incluso una máscara amarilla le estaba dando por el culo a una negra mientras otra amarilla lo penetraba y azotaba con un látigo pequeño; aquella escena le provocó repulsión hacia lo que conocía, nada de lo que veía era lo que estaba descrito, sentía que estaba mal, que aquello era blasfemo, pero eso no evitaba que su falo estuviera erecto.

-Señor… deme más… quiero más… soy una puta… deme más…- Vicente se da media vuelta, toma el látigo mojándolo en el agua, lanza un poco de la misma a la cara excitada de aquella zorra, la azota una vez en sus senos, ella lanza un grito que estremece a la prole, lanza otro a sus piernas que la obligan a arquear su espalda.

-¿Quieres más?- Pregunta él molesto.

-Sí Señor, quiero más, soy su puta, deme, márqueme, castígueme, quiero más, más, más…- Él se quita la máscara dejando ver su rostro, ella se paraliza, ahora no siente más placer ni excitación, en cambio profiere gritos desesperados.

-No… Mi Señor… no debería… no… ¿Por qué???- Confundida por aquella imagen intenta zafarse, quiere correr, escapar a como dé lugar…

-¿Intentas huir de la realidad? No eres más que una zorra, hoy se acabará todo…- Moja el látigo una vez más, levanta el brazo y comienza una lluvia de satisfacción para él, la azota en brazos, piernas, pecho, abdomen, una… “Mi Señor… me engañaron”, y otra… “Deténgase por favor, no es mí culpa”, y otra vez… “Mi Señor… no… no… por favor… yo le amo… por favor… pare…”, no se detiene hasta que su brazo le duele, la imagen de ella ahora estaba ensangrentada, su rostro lleno de lágrimas, sudor y sangre, sus gritos eran música para el ambiente, nadie le impedía que realizara aquel acto tan maravilloso, cuando Vicente suelta el látigo André se pone a su lado.

-Si quieres puedes retirarte, estás cansado, hay un coche esperando afuera.- Su voz era la de un amigo; Vicente parecía sonámbulo, caminó sin detenerse a ver que cuando el comenzaba a subir las escaleras los demás empezaban a levantarse e ir por su golosina, aquella mujer era el postre de todos, ella sería utilizada por cada uno; más subía, más se arremolinaban, podía escuchar los gritos desaforados de Diana, poco le importaban ya; en el umbral de la puerta miró de reojo cómo todos intentaban poseerla al mismo tiempo André sólo estaba parado, observando, lanzó una sonrisa a su compañero, él… no lo hizo, no sentía más nada en ése momento…

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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