Amor de Café

dos-rombos

Le arranco la camisa, los botones vuelan, con el hambre de un náufrago nos comemos mutuamente la boca, nos besamos salvajemente mientras manoseo su cuello con mis manos. Me quita la ropa a tirones. Ese look de oficinista me vuelve loco, tan pulcra, con sus pequeños anteojos de marco negro, y a la vez tan indecorosa con su ropa interior de encaje…rebotamos contra los azulejos en las paredes del baño, sin darnos cuenta activamos el ruido a turbinas de un secador de manos y casi instintivamente nos encerramos en un cubículo, ella cierra la puerta. La tomo por detrás, le beso el cuello y nuestros brazos se suman, se multiplican, la tomo del pelo, desarmo ese prolijo y hasta prepotente rodete, y la hago agachar brutalmente tironeando de pasión, su espalda era hermosa, impoluta, perfecta. Era rubia, traslúcida, blanca como la nieve, solo un lunar en su costado derecho interrumpía aquella escultura en mármol, le dejo el corpiño puesto pero le levanto la minifalda, sus nalgas resplandecían.  Bajo mis pantalones, corro su diminuta ropa interior blanca y…

Un viejo pelado me interrumpe, nos interrumpe, se mete en el baño y nos corta la inspiración, un tipo de bigotes, de unos sesenta y pico, con cara de milico, el desgraciado corre la ruidosamente la silla y me hace volver a la realidad del bar. Trato de incorporarme, me acomodo en la silla y miro en derredor para ver que nadie me estuviera observando, es allí cuando veo que ella tenía sus claros ojos clavados en mí, eran pardos, una mezcla extraña de verdes y marrones muy suaves que variaban depende el día, o quizás su estado de ánimo no lo sé. Nuestras miradas se cruzan, ella sentada al otro extremo del bar sabe lo que deseo, sabe que la necesito, solo con verme sabe que ardo de necesidad, que me urge su presencia. Asentí con la cabeza, ella también, se levantó y caminó hacia mí. Sus tacos altos sonaban contra el piso de madera, mi corazón se aceleraba, su cuerpo se contorneaba como una tigresa al acecho, sus pechos vibraban a cada paso. Llegó, se paró junto a mí, su perfume dulce y quizás algo repugnante inundó la mesa. Feroz pero todavía una dama, esperó a que yo dé el primer paso.

– Un café con leche, y dos medialunas.- mi voz tembló. Seguro me sonrojé, porque un calor abrazó mis mejillas.

-Si, como no, ya se lo traigo.- Una corriente de indiferencia sobrevoló su respuesta.

-Gracias.-

Así como vino se fue, y yo continúe poseyéndola en secreto.

Esto es todo por hoy.
Esperamos que os haya gustado. 
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firmagrey

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