Academia Femdom (XII-Final)

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Lucía apartó su pie de mí y se descalzó. A continuación se quitó las calzas cortas y apoyó ambos pies, de uñas pintadas en rojo sobre la mesa. Una mirada severa, como impaciente me ordenó lo que tenía que hacer, no hizo falta ni que pronunciara palabra alguna. En aquel momento me encontraba totalmente lúcido y podía notar el peso de su mirada sobre mí mientras sacaba la lengua y lamía uno a uno sus pintados dedos. Sus pies dejaban escapar un leve olor que me desagradaba, pero realmente era su mirada la que me humillaba, su sonrisa dibujada en una expresión de control total. De vez en cuando, mi lengua pasaba ciertas regiones de la planta del pie, y como excitada daba pequeños brincos, abriendo su boca de placer, y dejando escapar un gemido que me indicaba que estaba haciendo bien mi trabajo.

– Lo haces muy bien, LAMEDOR, veo que los pies de una dama no tienen secretos para ti.

No sabes el placer que nos dará tu lengua cada que vengamos cansadas del trabajo.

De pronto dejo de mirarme y se concentró en un concurso de la televisión en el cual un grupo de chicas ganaba aplastantemente al grupo de los chicos. Con cierto descaro y picardía, la guapa presentadora dejaba a entender que era natural que las chicas vencieran a tan pobrecitos hombres, ¿se estarían extendiendo realmente las retorcidas ideas que me habían inculcado?

– Mira, LAMEDOR, voy a explicarte unas cositas de tu día a día, pero ni se te ocurra dejar de chupar, ¿eh? Tú lame y mírame a los ojos, esta vez te lo permito. – dijo volviéndose hacia mí.

– Tu rutina diaria será la siguiente. Te levantarás pronto por la mañana, de forma que tomarás tu almuerzo en tus bols del patio. A continuación, yo te entrenaré por la mañana para que completes tu educación y que así Clara esté totalmente orgullosa de ti, ¿no querrías que te vendiera a una mujer más desconsiderada, verdad? Al mediodía llega Clara del trabajo. Cada vez que veas a una mujer cruzando el umbral de la puerta quiero que te eches corriendo a sus pies y te pongas a lamerle los zapatos en signo de agradecimiento, al fin y al cabo, somos nosotras las que te alimentamos y cuidamos. Hasta que ella no te diga que pares, no pararás de lamerla, espero que muestres el entusiasmo necesario…

– Por otro lado, nosotras te sacaremos a pasear por el jardín donde harás tus necesidades y te lavaremos con una manguera que hay en el exterior. Dentro de la casa, tendrás que tumbarte en el canasto que tenemos por aquí y seguir todas las órdenes que te marquemos, ¿has entendido?

Con un leve movimiento de cabeza di mi asentimiento sin parar de lamer. En aquel instante, Lucía decidió que ya había tenido suficientes lametones en los pies y tras apartar mi cara con una leve patada, comenzó a bajarse las bragas hasta quitárselas y tirarlas a un lado.

– Ahora, y mientras que viene Clara vamos a probar tu lengua en otro lugar.

Tras abrir sus fuertes piernas y de un buen tirón, casi me hizo chocar contra su vagina, burbujeante de excitación. Tímidamente, saque la lengua y comencé a dar pequeños lametones.

Lucía me tiró de la cabeza hacia atrás haciendo que mientras la complacía la mirara a los ojos fijamente.

– Esto es muy importante, LAMEDOR. Ni a Clara ni a mí nos va que nos penetren. No voy a negar que de vez en cuando no esté mal una polla, pero normalmente nos hace daño así que tendrás que mejorar muchísimo lamiendo coñitos para pagarnos tu manutención y el esfuerzo que dedicamos a educarte.

Su mirada lujuriosa me indicó que debía llevarla al orgasmo en cuanto pudiera así que me apliqué con toda mi destreza a cumplir sus órdenes. De vez en cuando, se recostaba un poco más y me apretaba contra su ano cerrado para que también le diera placer allí donde pudiera. Era realmente una clase. Con cada movimiento me iba indicando si tenía que meter más o menos la lengua, dónde dar pequeños mordisquitos o simplemente marcarme el ritmo del cunnilingus.

Varios orgasmos después, yo seguía a cuatro patas entre sus piernas cuando una llave se introdujo en la puerta. Clara había llegado. Una mirada de Lucía me indicó que ya podía salir corriendo y hacer lo que se esperaba de mí. Con la cara aún llena de los flujos de Lucía, me precipité sobre los zapatos de la recién llegada, negros y de tacón alto.

– ¿Qué tenemos aquí? Pero si es mi perrito favorito. – dijo Clara acariciándome la cabeza.

Me dejé llevar por sus órdenes hasta que despreocupada se sentó en el sofá y tras darle dos besos a Lucía se descalzó colocando los pies sobre la mesa, apoyados en una esquina, y esperando el mismo trato de favor que los de su compañera. Con gesto rápido me acerqué y comencé a lamer los pies sudados de Clara.

– Hay que ver entre la academia y tú habéis hecho milagros. – dijo mientras reían las dos viéndome denigrado.

Clara vestía un traje de ejecutiva de color oscuro. Tanto las uñas de sus pies como las de sus manos estaban pintadas de negro dándole un toque gótico.

Tras ver la tele durante un tiempo, decidieron que ya era hora de que comiera y Clara me sacó al jardín, donde depósito agua y comida canina en mi boles. Con una mirada de felicidad me indicó que ya podía comer y que estaba muy contenta con mi cambio de actitud.

– Me gusta mucho el cambio que hemos contigo, ahora sí que eres un verdadero hombre.

Ojalá todos estuvieran como tú, a cuatro patas y llevados por una mujer que tirara de su correa… – dijo con tono convencido. – Si recuerdas tu vida pasada no te entristezcas. En cierto modo eres un pionero. Tarde o temprano las mujeres nos revelaremos y los hombres acabaréis en vuestro sitio bajo nuestro mandato. Seréis nada más que lo que sois, animales. Como sabes, soy bastante caprichosa y cuando fui a visitarte a las instalaciones le eche el ojo a uno de esos ponys tan bonitos que entrenaban allí. Quizás pronto compremos uno y te hará compañía. – Dijo Clara sonriendo.

De pronto, la puerta del exterior comenzó a abrirse, y una persona conocida cruzó al interior. Clara se giró, y tirándome de la cadena me acercó a la esbelta figura femenina. No podía creerlo… ¡Laura, mi antigua novia acaba de aparecer ante mí! Confuso, no supe hacer otra cosa que bajar la cabeza y temblar de vergüenza. Laura dio un respingo y se escuchó una carcajada en cuanto me vio siguiendo a Clara.

– ¡No puedo creerlo! ¿Este es el idiota de Jorge? ¡Pero mira que educadito está!

Clara se acercó a Laura y le dio un beso en la boca apasionadamente mientras yo seguía confuso ante tantas sorpresas. Tras introducirme en el interior del chalet Clara me lo explicó todo. En los primeros días tras mi captura, Clara había contactado con Laura y habían salido a tomar un café, recordando viejos tiempos. El café había acabado en copas y ya borrachas, la había informado de todo. Su incredulidad había pasado a resentimiento, y cuando se enteró de mi entrenamiento no dudó en participar en el plan, acallando los rumores en mi familia, dando a entender que había decidido marcharme por problemas personales un tiempo. Paralelamente, Clara y Laura habían comenzado una relación amorosa, que se basaba principalmente en su desprecio a los hombres, que tanto daño les habían hecho anteriormente. Laura había caído totalmente enamorada de Clara, parecía que pudiera hacer cualquier cosa por ella. Aunque nunca le había puesto los cuernos a Laura, no voy a negar que no me hubiera besado con otras chicas, incluso con amigas suyas. En ese momento también recordaba haberla insultado y menospreciado algunas veces, las mujeres sirven su venganza fría…

– Y todavía no hemos terminado, cariño. – Dijo Laura tomando mi correa en sus manos – Ahora yo soy la novia de Clara, pero eso no impide que no podamos casarnos y tener hijas, lo que tú siempre habías querido para nosotros y que yo tantas veces te negué.

En ese momento no entendía. Estaba claro que podrían casarse ya que las leyes lo permitían, sin embargo, lo de tener una hija no quedaba tan claro. Al ver mi confusión, Clara se levantó y volvió con algo en la mano. ¡Era parte del frasquito con mi esperma que me había extraído en la academia!

– Ya está casi vacío, pero no te preocupes porque me ha servido con creces. Pero no te preocupes, hoy en día se puede elegir el género del bebé tranquilamente y será niña…

Mientras veía a Laura acariciar el vientre de Clara, ambas sonriendo, me di cuenta de mi gran error y tuve una sensación como cuando se cae de una gran altura y el mareo te invade. Mi mundo se había desmoronado completamente y ya no me quedaba más que ser la mascota de aquellas mujeres que me habían exprimido hasta en el más humillante detalle. Unas mujeres a las que tendría que obedecer y servir para el resto de mi vida.

FIN

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Academia Femdom (XI)

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Cuando intenté incorporarme, noté como la cadena de mi cuello me tiraba para abajo, y volví a comprender otra vez mi situación. He de admitir, que a pesar de la eternidad que había pasado desde captura, todavía tenía a veces impulsos humanos que había pagado caros ante esas mujeres superiores…¿superiores? parece que el la vado de cerebro al que me estaban sometiendo había tenido sus frutos. Una sensación de terror al recordar mi vida pasada me recorrió de arriba abajo.

Con cuidado, me intenté sentar en el suelo, y me sorprendí haciéndolo como un perro de forma automática. Ahora, con todas esas ataduras, era una postura más que cómoda. No lograba ver nada extraño en esa zona, incluso me alivié al ver que ya no llevaba puesto el aparato de plástico, que tanto daño me había producido en mi cautiverio. Mientras seguía concentrado en observar aquella zona de mi cuerpo que ya tampoco me pertenecía, la única puerta de la habitación se abrió de golpe, y una mujer desconocida apareció en el umbral.

Era la primera vez que la veía. Supongo que por ello me permití levantar la vista y mirarla a la cara, sin tener en cuenta el castigo que vendría después. Se trataba de una chica pelirroja, de unos 25 años y de tez pálida, algunas pecas moteaban su cara. Era de estatura mediana y de complexión fuerte, la cual suplía con unos más que abundantes pechos. Llevaba un vestidito blanco corto y debajo unas calzas negras que desde por encima de la rodilla acababan en unas bailarinas con un lacito negro. Con los brazos cruzados sobre su pecho, una cadena de perro le colgaba hasta el suelo. Una sonrisa cruzaba su rostro de oreja a oreja. Comenzó a hablar.

– Así que ya te has despertado, ¿eh? – Dijo moviéndose y desenganchando una fusta de la pared, la cual no había visto anteriormente. – Es hora de las presentaciones. – Dijo observando mi mirada turbada mientras poco a poco la dirigía hacia el suelo.

– Soy Lucía, tu nueva entrenadora. Ya te habrás dado cuenta de que has salido de la academia antes de tiempo, ahora estás en casa otra vez. Como te habrá comentado tu ama, compartimos la casa y ha creído necesario que yo termine tu doma. Así todo queda en casa… – dijo abriendo las piernas y blandiendo la fusta en el aire. – Empezaremos por enseñarte donde vivirás a partir de ahora, será mejor que te acostumbres rápido a obedecernos.

De pronto y con un movimiento rápido, Lucía dio un paso y me fustigo la espalda. Fue un golpe duro y seco, notaba como realmente sabía utilizar la fusta y sentí una quemazón que me hizo gruñir.

– No creas que se me ha olvidado tu desdén inicial…me has mirado descaradamente y no me has saludado como debieras… ¿a qué esperas LAMEDOR? – dijo adelantando un pie hacia mí.

Dolorido, avancé un poco e incliné la cabeza hasta besar los pies de Lucía que me miraba sonriente desde arriba. Con un movimiento sencillo, se agachó y me colocó la cadena. Con movimientos rítmicos y bien estudiados me condujo por unos pasillos hasta que tomamos algo parecido a un montacargas. En la planta superior reconocí el salón de la casa de Clara.

– Si te estás preguntando dónde está tu ama, deberías saber que por la mañana se encuentra fuera por motivos de trabajo…pero no estés triste porque volverá pronto. Por ahora yo trabajo pocas horas por la tarde así que tendré toda la mañana para convertirte en nuestra mascota preferida. Pero primero te enseñaré tus dominios.

Tirando de la cadena, abrió la puerta principal y me dejé llevar. No pude dejar de sorprenderme sobre mi comportamiento al cruzar el umbral. ¡Estaba saliendo al patio exterior en plena luz del día, totalmente desnudo (excepto por mi atuendo de perro) y dominado por una mujer desde su correa! Aunque me acordaba de los aceptables muros de chalet, no podía dejar de pensar que otra persona abriera la puerta principal o que una mirada curiosa de un vecino nos descubriera. Al mismo tiempo, cierta sensación de excitación me invadió. Pero me sentía extraño, aunque estaba excitado, mi pene no daba señal alguna y el malestar de la entrepierna hizo su aparición. Aunque era un dolor leve, no pude evitar parar un momento, sintiendo así el tirón de la cadena de Lucía que me miraba divertida.

– ¡Ah, así que ya te has dado cuenta! Clara se ocupó de tu cosita antes de que salieras de la academia… – un escalofrío de terror me recorrió – Verás, no podíamos tenerte por aquí siempre con tu cosita hinchada. Los perros en celo dan muchos problemas, mi último perro se escapó un día por esa causa y no volví a verlo más. Fui yo justamente la que recomendé a Clara que te capara para que no pudieras tener erecciones. Así, se acabó el problema y serás un buen perrito, ¿verdad? -dijo Lucía dándome unas palmadas en la cabeza.

Ahora me encajaba todo. Por eso me había mantenido tanto tiempo encerrado en aquel aparato de castidad para después masturbarme. ¡Y yo que creía que había sido por compasión para aliviarme! Ya no podría correrme nunca más…al menos en la manera tradicional. No podía creer que ya no podría tener más erecciones, realmente ya no tenía escapatoria.

Cuando Lucía llegó a la caseta de perro vi como se agachaba y sacaba dos bols vacíos del interior y los colocaba en la entrada. Dentro había una especie de manta doblada en el suelo y una especia de pelotita de color rosa.

– Aquí será donde vivirás a partir de ahora, LAMEDOR. No te podrás quejar, ¿eh? Has tenido mucha suerte de encontrar a dos amas tan simpáticas y dulces como nosotras, ¿quién sabe cómo podría haberte tratado otra mujer? Ahora, métete dentro, que quiero verte…date la vuelta.

Sin poder casi creérmelo, me di la vuelta y me metí en su interior. Tumbado tal y como me habían enseñado, la caseta como anillo al dedo, quizás era un poco estrecha en cuanto a los laterales ya que no me permitía tumbar de otra forma. El techo era bajo y no me permitía incorporarme en su interior.

Un aspecto del que me había percatado era de mi profunda sumisión ante cualquier orden que recibía de una mujer. Estaba seguro que durante las clases de Ultrafeminismo, había sufrido un lavado de cerebro y que día tras día me habían inculcado la superioridad femenina para que reaccionara rápidamente ante cualquier orden de dichos seres superiores. En la celda, a veces, me decía a mi mismo que realmente eran superiores, que eran los verdaderos humanos. Los hombres habíamos quedado como un fósil de la evolución y ahora la única alternativa que teníamos era obedecer y aprender a ser buenos animales para complacer a nuestras superiores intelectuales. Sin embargo, un leve resquicio de dignidad me impedía a veces cumplir las órdenes al instante y me hacía avergonzarme ante actos que antes me eran impensables. Cortante, la voz de clara me sacó de mis pensamientos:

– ¡Oh, qué guapo! ¿Te gusta tu casita, perrito? – dijo Lucía asomándose por el umbral de la casita de perro. – Ya puedes empezar a acostumbrarte a dormir aquí. De día podrás pasear por el jardín o dentro de casa si estamos nosotras pero por la noche tendré que atarte siempre y dormirás aquí. ¿Serás un buen perrito guardián, LAMEDOR?

Un ladrido fuerte se dejó escapar involuntariamente de mi garganta, el lavado de cerebro había tenido efecto, humillándome aún más.

A continuación, Lucía tiro de mi cadena y me introdujo en la casa de nuevo. Ya en el salón encendió la tele y se dirigió un momento a la cocina, trayendo una lata de refresco y un platillo con patatas, los cuales puso encima de la mesa. Sin saber muy bien qué hacer, me senté sobre el piso, junto a sus pies.

– Mira, te dejaré las cosas claras. Los primeros días puede que te hagamos más caso y estemos encima de ti. Pero tendrás que portarte bien siempre porque te castigaremos siempre que cometas un error y nos desobedezcas.

– Un aspecto en el que no ha dado tiempo de entrenarte en la academia ha sido el sexual.

Aunque hayas perdido la acción en tu miembro… – dijo Lucía acercando su bailarina a mi entrepierna y dando pequeños golpecitos a mis testículos – todavía puedes hacer honor a tu nombre. Sé que los hombres no tenéis ni idea de complacer a una mujer, pero para eso estamos nosotras, para educaros y domaros. Obedécenos siempre y no tendrás problemas…

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Academia Femdom (X)

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No pude evitar cerrar los ojos al terminar de escuchar aquella diatriba ultrafeminista. Para mi sorpresa, noté una molestia en los ojos y tuve que abrirlos de nuevo, las gotas estaban haciendo su efecto.

– Las mujeres tenemos derecho de muerte y vida sobre vosotros. Os podemos utilizar como mulos de carga, como mascotas o como simples ceniceros y vosotros estáis obligados a obedecer y callar. Recordad, que si os rebeláis podréis ser corregidos por vuestras amas de cualquier forma posible, ateneos a las consecuencias. – dijo riéndose con voz ronca.

Por fin había llegado el día de visitar a Jorge a la academia y no podía negar que estaba excitada con la posibilidad de haberlo domado a sus caprichos, habían pasado dos semanas desde el excitante reencuentro. Se terminó de poner su vestido corto de florecillas y eligió unos zapatos rojos de tacón a juego, abiertos por delante, dejando vislumbrar sus coquetos dedos pintados del mismo color. Con soltura, tomó la fusta que había comprado en la academia tiempo antes y se la colgó de la muñeca. Brazos en jarra se miró al espejo y se sintió poderosa, imponente.

– Nene, prepárate para la visita de tu dueña. – dijo mirando divertida la imagen del espejo.

Pero también tenía sus dudas. ¿Qué pasaría si LAMEDOR no estaba aún preparado? ¿Y si el entrenamiento no había surtido efecto y aún persistía en su rebeldía? Tenía esperanzas de que estuviera prácticamente domado y listo para ocupar su puesto como perro, ya que las cosas habían cambiado sensiblemente en las últimas semanas. Por lo pronto, sus padres le habían regalado la casa de la costa y se habían establecido definitivamente la capital, por lo que ya podría disponer de la casa totalmente y utilizarla a sus anchas. Sin embargo, las últimas dos semanas apenas había pisado el chalet ya que también había seguido su entrenamiento como ama en unas instalaciones próximas. Ahora su autoestima era mucho más fuerte y podía reconocer que creía totalmente en la supremacía femenina sobre el macho. Su concepción de la dominación femenina había sobrepasado los meros juegos eróticos y de la mano de los libros de Elise Sutton había descubierto un nuevo universo que aplicaba a día de hoy en todos los aspectos de la vida.

Clara terminó de pintarse levemente y salió por la puerta. Mientras comenzaba a conducir hacia su destino, notaba su excitación aumentando. No sólo había logrado dominar a un hombre, que estaba siendo entrenado para ser su mascota a perpetuidad sino que ese hombre era Jorge, su amado-odiado amor de adolescencia, del cual por fin podría vengarse. Por fin llegó al lugar, un amplio complejo olvidado de la mano de Dios y guardado por personal de seguridad femenino.

Tras decir su nombre, le fue concedido el acceso y se introdujo en el complejo hasta dejar el coche en el párking de visitas. Desde dicho lugar, el complejo parecía abandonado a pesar de que hervía de ebullición en su interior. Con paso firme, hizo sonar sus tacones hasta llegar a la recepción donde volvió a dar su nombre. Una mujer, esta vez vestida con el uniforme reglamentario de la academia la acompañó hasta el despacho de la cuidadora de Lamedor.

Irene se levantó para estrechar la mano a Clara y le ofreció asiento. Estaba despampanante esa mañana, esta vez vistiendo el traje negro de guardiana. Sus jóvenes senos se mostraban ostentosamente por el canalillo del traje mientras que sus fríos ojos azules se posaban en unos documentos encima de la mesa. Irene le ofreció un cigarrillo a Clara y comenzó la conversación:

– Buenos días Clara. Me complace verte por aquí, supongo que tras dos semanas tendrás muchísimas ganas de comprobar la evolución de tu novio, ¿no? – dijo expulsando una bocanada de humo sensualmente.

– Pues la verdad es que sí… – dijo Clara algo indecisa.

– Mira, antes de que veas a Lamedor he de explicarte algunos cambios que se han producido…satisfactoriamente. –dijo Irene reclinándose hacia atrás. – Aunque tu novio al principio se reveló bastante salvaje, podemos decir que la fusta y el látigo lo han domado casi por completo. – Una sonrisa de felicidad apareció en el rostro de Clara

– Estupendo, me quitas un peso de encima… – dijo Clara suspirando.

– Por eso no te tenías que preocupar, mejor antes que después, pero al final todos caen y se rinden a la evidencia. Lo que te tenía que comentar es que aunque ha seguido correctamente las clases de entrenamiento canino básico y otros, no está completamente domado, y puede que queden algunos resquicios de rebeldía.

– ¿A qué te refieres?

– Por ejemplo, sabemos que ya apenas piensa y que se dedica a seguir nuestras órdenes, pero el componente sexual es bastante incontrolable, lleva dos semanas sin eyacular y se está poniendo algo nervioso. No hemos querido hacer nada hasta hablar contigo…

– Ya entiendo, bueno me ocuparé de eso ahora. Tengo decidido lo que quiero hacer.

Tras hablar un rato más, Clara e Irene salieron al pasillo. Tras recorrer un poco las instalaciones, Clara se quedó esperando en la sala de visitas. De paredes verdes, fluorescente en el techo y con un sillón como único mobiliario, la sala de visitas era espartana pero privada.

Tras esperar cerca de 10 minutos, la puerta se abrió y apareció Irene tirando de la correa de LAMEDOR. Clara estaba exultante de excitación y alegría, y no pudo reprimir unos gestos de admiración cuando su antiguo Jorge se acercó a cuatro patas convertido, en todo un perro a lamer sus zapatos recién estrenados.

– Como puedes observar ya está hecho todo un perrito…

– Sí, me parece maravilloso el trabajo que habéis conseguido.

– Bueno, te dejo sola con tu mascota. Cuando acabes llama al timbre, todo se hará según lo indicado. – dijo Irene pasándole a Clara una bolsa con un bote.

Tras irse la entrenadora, Clara no perdió un instante y ató la correa que llegaba hasta el cuello de su esclavo a la pata de la silla. Tras acariciarle la cabeza, le ordenó sentarse, orden que cumplió instantáneamente. Se levantó y se colocó con las piernas abiertas y la fusta en la mano, delante de su antiguo amigo.

– Hay que ver qué bien te han domado, Jorge…huy perdón LAMEDOR…- dijo Clara maliciosamente – Así estás mejor, sentado como un perro y con la lengua fuera… – dijo acariciando su barbilla con la fusta. – pero déjame echarte un vistazo.

Clara, satisfecha con la transformación, dio una vuelta alrededor de su nuevo perro y comprobó con asombro la sujeción de la cola en el plug anal.

– Mira, esto está muy bien. Te mantendré así para siempre. Será delicioso verte correteando por la casa y que me recibas lamiéndome los zapatos cuando vuelva del trabajo.

A continuación, se agachó, y comprobó el color violáceo de los testículos del ejemplar. Con una sonrisa se levantó y cogió la bolsa que le habían entregado.

– Estas de suerte, lamedor. Hoy es día de que te ordeñe… – dijo enseñando un botecito a su hombre. – Pero disfrútalo, porque puede ser que sea la última vez.

Este comentario dejó algo turbado a Jorge, que pareció ponerse nervioso. En ese momento se volvió a agachar y tras colocarse los guantes de látex descolgó la cadenilla de plata que colgaba de su cuello. De entre sus abundantes pechos apareció una pequeña llave metálica, que introdujo en el aparato de castidad, liberando el miembro de Jorge, que comenzó a crecer, bajo la atenta mirada de su dueña.

– Mira, LAMEDOR, mientras has estado fuera de casa, algunas cosas han cambiado – dijo Clara con voz melosa- pero no te preocupes, nene…- dijo mientras comenzaba a masturbarlo.

Recomendada por la academia, Clara había conocido a Lucía, una chica que buscaba piso por aquel entonces. Lucía era ingeniera de telecomunicaciones y acababa de encontrar trabajo en el puerto comercial de la ciudad. Era una chica autoritaria y competitiva en su trabajo. A diferencia de Clara, había tenido contacto con el Ultrafeminismo y las teorías ginárquicas desde sus años jóvenes y se había ofrecido a ayudarla con el entrenamiento de LAMEDOR muy complacida.

– Ahora Lucía comparte el chalet conmigo, ¿sabes? También serás su perrito…la idea la vuelve loca, créeme. – dijo sonriendo Clara comenzó a impacientarse y aumentó el ritmo de bombeo. Notaba como el pene se hinchaba de forma ostentosa y comenzaba a gotear líquido pre-seminal. Con un gesto rápido, tomó el bote que le habían dado y lo acercó al glande.

– Vamos, ya puedes ir terminando, que me canso. Si no te corres ahora mismo, no te daré otra oportunidad. – dijo Clara maliciosamente.

Esta frase fue el detonante de la eyaculación, el semen lleno prácticamente medio bote.

– Estupendo, campeón… – dijo Clara cerrando el bote y quitándose los guantes. – Ahora es tiempo de que des las gracias a tu novia, ¿no? – dijo sentándose y bajándose las bragas.

Tras recuperar la compostura, LAMEDOR se acercó a cuatro patas a la entrepierna de Clara, que le esperaba húmeda y chorreante. Clara se preguntaba si aquella excitación era normal, su flujo era tan desmesurado que varias gotas empezaron a caer al suelo antes incluso de que su perro hubiera tomado contacto con la vagina. Tras el primer orgasmo entendió que era el poder, el poder sobre Jorge lo que la excitaba de esa manera y la volvía loca. Tenerlo a cuatro patas, atrapado entre sus piernas y deleitándose con sus fluidos. Por fin lo había atrapado y nunca más lo volvería a dejar escapar.

Tras dejar escapar un último suspiro de placer, Clara se subió las bragas y apretó el botón del timbre. Cuando Irene entró en la habitación, las dos cruzaron una mirada cómplice, mientras Clara pasaba la correa de LAMEDOR a su guardiana.

– Y ahora, ya sabes lo que tienes que hacer… – dijo Clara despidiéndose de Irene con un apretón de manos.

– Tranquila Clara, estamos acostumbradas…

De esta forma se despidió Clara, dejando otra vez a LAMEDOR en las manos de Irene, que tiró de la cadena enérgicamente.

– Y tú, perrito, vente por aquí, es ahora de visitar de nuevo a la doctora Naranjo… – dijo

Irene moviendo dos dedos de la mano a modo de tijeras mientras guiñaba un ojo.

Un leve dolor en la entrepierna me hizo despertarme poco a poco sobre el suelo de una celda. La superficie era dura y áspera, de frío cemento. La poca luz que entraba por una rejilla en la pared me indicó que estaba en un lugar diferente del que me habían tenido acostumbradas mis captoras, se trataba de una habitación extremadamente pequeña, cuadrada y totalmente vacía.

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Academia Femdom (IX)

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Una mujer montada sobre un hombre de gran musculatura a cuatro patas se acercaba a nosotros a buen ritmo. Desde mi altura pude observarlo todo con mucho detalle. El hombre estaba completamente atado y dominado por la mujer que lo guiaba. De igual forma que yo, llevaba sus piernas dobladas hacia atrás y tanto en manos como en pies, sus ataduras dejaban una marca en el suelo, esta vez con forma de herradura. La cabeza del macho estaba ocupada en los estribos de cuero que pasaban de un lado al otro de su boca y que eran sostenidos por la mujer.

Además, sus ojos estaban casi tapados con una especie de casco de cuero que acababa graciosamente en unas plumas. Sobre su espalda parecía llevar una silla de montar de cuero más pequeña de lo común, como preparada para la espalda de un hombre, con reposapiés a ambos lados. La jinete iba totalmente cómoda sobre la arqueada espalda del desdichado pony, dando pequeños saltos acompasados con cada movimiento. Era una mujer rubia, joven, seguramente menor de 30 años.

Iba vestida como una cowgirl, con su pantalón vaquero ceñido, su camisa a cuadros y un sombrero para protegerse del sol. Parecía que disfrutaba con el paseo, incluso reía algunas veces mientras espoleaba al hombre para imprimirle velocidad, mientras que éste respiraba sonoramente por el esfuerzo. En un instante pasaron por mi lado y pude ver el estupendo culo de la ama, sobre la montura de cuero. Me había quedado totalmente sorprendido. A pesar de la musculatura del hombre, parecía estar sufriendo mucho para llevar a la despreocupada mujer a buen trote, mientras que ésta hacía uso de él como un simple animal. Irene se percató de mis miradas…

– Como puedes observar, has tenido suerte de que tu novia haya decidido utilizarte como perro y no como caballo. Como aprenderás en las clases de Ultrafeminismo, las mujeres os utilizamos para muchos propósitos, y en la academia tenemos distintos tipos de entrenamientos según los deseos de cada mujer.

A pesar de lo retorcido de toda su explicación, me llamó la atención que se refiriera a Clara como mi novia, cuando esto era totalmente falso. ¿Habría engañado Clara a la directora de la Academia para que me aceptaran con ese pretexto? Pero, ¿qué importaba ya esto, al fin y al cabo?

– Los animales que son entrenados para convertirse en caballos suelen tener una vida media mucho más corta teniendo en cuenta los trabajos a los que son sometidos. Éste fuerte espécimen bien podía acabar arando un campo o como caballo particular de una mujer rica. No sabes la suerte que has tenido… – dijo tirando de la cadena

Realmente, todo esto estaba tomando proporciones gigantescas. ¿Cómo que utilizar a los hombres para distintos propósitos? ¿Cuáles eran esos retorcidos propósitos? Tras el corto paseo, Irene me devolvió a la celda. Como ella me recomendó, intenté dormir, aunque no pude conciliar el sueño, la cabeza me daba vueltas y mi futuro era cada vez más incierto. Tras las emociones del

día, mi hambre había vuelto a despertar, pero comprendí que en aquella situación debería esperar a que me tocara el turno. Me sorprendí a mi mismo tumbándome tal y como me habían enseñado y esperé pacientemente que vinieran a recogerme. Me seguía sorprendiendo el silencio que reinaba en mi cubil, ya que ninguno de los otros hombres había intentado escapar, ni siquiera se habían quejado en todo el tiempo que pasaban allí. Debía intentar resignarme en parte, los métodos de las mujeres para dominarnos tenían resultados…

La puerta de la habitación se abrió e Irene volvió a sacarme de la jaula. Tenía ganas de volver a comer así que supuse que si seguía cómodamente a mi cuidadora podría obtener algo de comida humana…cuán equivocado estaba. Nos detuvimos ante una sala oscura cuya puerta abrió una mujer con unos zapatos de tacón negro vinilo de aguja, era lo máximo que pude discernir, a parte de una sensual figura. Parecía que todavía no era la hora de comer, así que me dejé guiar por el interior de la sala por la mujer, a la que Irene le había cedido mi correa sin ni siquiera pronunciar una palabra.

La sala era muy inquietante ya que podía notar la presencia de otros hombres a mí alrededor, pero el silencio y la oscuridad no presagiaban nada bueno. La mujer se movía rítmicamente sobre el frío mármol, con una linterna en una de sus manos. Tras atar mis extremidades y cuello a unas argollas del suelo, acomodó mi cabeza en lo que parecía ser un soporte que impedía que se moviese en ninguna dirección y que mirara fijamente al frente. Comencé a ponerme nervioso, ¿qué otra locura tendrían en mente mis captoras? De pronto, me cayeron unas gotas en los ojos que me hicieron gruñir levemente, estaba totalmente inmovilizado. Escuché como los tacones se alejaban de mi posición hasta que pararon y una voz imperativa resonó en la habitación:

– Bienvenidos a la clase de Ultrafeminismo de hoy. Para los nuevos, os diré que soy vuestra adiestradora Carmen, psicóloga ultrafeminista. Esta sesión diaria será utilizada para que comencéis a entender realmente lo que conlleva la supremacía femenina y que lo aceptéis completamente para el resto de vida que os queda. Eso facilitará el trabajo de vuestras amas. A continuación tendréis una sesión de diapositivas y película durante dos horas. Sin descanso y como ya he dicho a diario. Mantened los ojos bien abiertos…

Seguidamente, se encendió una pantalla que había justo enfrente en la dirección en la que se había fijado mi cabeza. Me encontraba en una situación incómoda pero me encontraba inmovilizado y no podía librarme de mis ataduras. La proyección comenzó, se observaba un dibujo de la evolución que me llamo la atención. Uno tras otro, unos dibujos representaban en fila india los distintos estadios de la evolución. Tras el Homo Habilis, aparecía el Homo Sapiens, hombre actual, y al final, una mujer vestida de ejecutiva que llevaba un hombre completamente desnudo a cuatro patas, tirando de él por una correa. Las siguientes diapositivas mostraban texto, ilustradas con imágenes de dominación femenina. Lo que también llamó mi atención fue que las mujeres que aparecían en las fotos no aparecían en los típicos trajes de cuero ceñidos ni había hombres con máscaras, ni parafernalia Femdom, eran mujeres normales, con trabajos normales, que esclavizaban a sus correspondientes novios y maridos y los sometían a su voluntad.

– Qué os quede bien claro. Ya no sois personas, sois animales y tenéis que obedecer en todo a vuestras amas. Pero sobre todo, absteneos de pensar y dejaros llevar. Cómo vais a aprender durante estas clases, es vuestro destino adorar a las mujeres como seres superiores que son y conformaros con vuestro papel como bestias a su servicio. ¡Cuánto más tardéis en dejar de pensar, más sufriréis!

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Academia Femdom (VIII)

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Me encontraba reflexionando en mi celda. Creo que había pasado la hora más humillante de toda mi vida y no podía explicarme como en algunos momentos, al quedarme embobado mirando un trasero, siguiendo unos zapatos de tacón o simplemente obedeciendo a una mujer podía haberme excitado. ¿Eran realmente el siguiente paso en la evolución? ¿Se asentaría la supremacía femenina en el control sexual del hombre por parte de las mujeres dominantes? Por otro lado, la clase había sido muy fructífera, pero como he dicho anteriormente, muy humillante. Me habían enseñado las posturas básicas de una mascota como descansar, tumbarse, sentarse y tener siempre la lengua fuera, postura que tenía que adoptar siempre a partir de ahora.

También se me había instruido en la forma de ladrar, con sonidos reales, para poder imitarlos lo mejor posible. Lamer, moverse y hacer los típicos gestos caninos. No tenía otra salida que seguir las instrucciones de las mujeres a riesgo de recibir más golpes. Aunque al principio de la clase intenté resistirme, para el final de la sesión ya hacía todo lo que me ordenaba Alicia con rapidez, los golpes de la regla parecían igual de efectivos que los de la fusta de Clara.

Estaba en estos pensamientos cuando de pronto me empezaron a entrar unas ganas irrefrenables de ir al servicio. Sin pensármelo dos veces, comencé a gruñir y a ladrar para que me dejaran salir de la jaula. Si no me dejaban libre pronto…no podía aguantarme mucho más. Pensé para mis adentros que llevaba casi 24 horas sin hacer mis necesidades, esto no me ayudaba en nada a aguantar. De pronto, la puerta se abrió y para mi sorpresa apareció Irene con una correa en la mano. Se acercó a mi celda, y tranquilamente, me ayudó a bajar al suelo.

– Vamos LAMEDOR, es hora de dar tu vuelta por el patio y hacer cositas de perros… – dijo poniéndome la cadena y acariciándome la cabeza.

En mi interior respire con tranquilidad. Con soltura, la chica me sacó del cuarto y me introdujo en el ascensor. Esta vez no estábamos solos. Irene se puso a hablar con un ama que había a su lado. Estuve a punto de mirar hacia arriba pero el dolor que todavía sentía en mi trasero me recordó que ya no podría mirar más allá de la cintura de una mujer desde mi posición. Sólo podía observar las botas de montar relucientes de ambas mujeres.

– Hola Irene, ¿mucho trabajo? – dijo la voz sensual de la otra mujer.

– Pues sí, ahora voy a sacar a este a dar un paseo para que se alivie… – dijo Irene dándome una ligera patada en mi maltratado trasero – aunque no sé si se lo merece.

– Vamos, no seas mala. Hay que tratar a los animales con cariño, al fin y al cabo son los mejores amigos de la mujer, ¿no?

– Éste lo que necesita es mano dura, todavía está muy salvaje, pero lo voy a domesticar como que me llamo Irene.

La mujer con la que estaba hablando se agachó de pronto y se puso a mi altura acariciándome la cabeza.

– Seguro que te portas bien, ¿verdad, perrito? Si no, ya sabes lo que te puede ocurrir… – dijo la otra mujer haciendo el gesto de unas tijeras con sus dedos.

En aquel momento no entendí bien a qué se refería con aquello, aunque más adelante lo sufriría en mis propias carnes. Mientras se desarrollaba la conversación pude observar a qué estaba atado el final de la correa que llevaba la otra mujer. Se trataba de otro hombre, que como yo había caído en las garras de las mujeres de la academia. Vestido y atado de igual forma que la mía, miraba cabizbajo el suelo. En sus piernas y culo se veían marcas de azotes y golpes. Sin embargo, la forma en que se comportaba y sacaba la lengua no dejaba lugar a dudas, se encontraba en un estado más avanzado de dominación, lo habían convertido en toda una mascota. En mi interior, temblé por mi futuro, ¿me convertiría realmente en el nuevo juguete de Clara?

De pronto, el ascensor paró, se abrieron las puertas y nos separamos. Tras salir por una puerta una luz me cegó por unos instantes, noté como el viento suave de verano acariciaba mi piel, estábamos en el exterior. Como en el momento en que me capturaron, noté la hierba al contacto con mis piernas, aunque ahora tenía menor libertad de movimientos.

Si hubiera de describir el lugar donde nos encontrábamos, hablaría de una especia de pradera gigantesca, delimitada en una parte por una serie de edificios blancos. No se veía muro alguno y el terreno con hierba se extendía hasta la lejanía. De vez en cuando se observaban pequeños conjuntos de árboles que rompían la monotonía del terreno. A cierta distancia se observaban otras amas que paseaban a otros hombres a cuatro patas. De pronto, Irene tiró de mí y mientras nos encaminamos hacia una de estas arboledas me dirigió la palabra:

– Mira, perrito. Esto es lo que llamamos “el patio”. Es un espacio para que os paseemos un poco todos los días y hagáis vuestras necesidades. También es aquí donde te entrenaremos físicamente.

Irene se paró justo delante de la arboleda y se giró hacía mi.

– Sé que estás pensando en escapar, como todos. Que no se vean muros, no significa que no lo tengamos todo controlado. A parte de las cámaras de vigilancia… ¿ves todo ese terreno por allí? El suelo está totalmente electrificado con una serie de redes, así que no llegarías muy lejos. Por otra parte, la paliza y castigo que recibirías sería tan grande que quizás no podrías soportarlo. – dijo la chica con una sonrisa en los labios.

– Ahora, ven, acércate al árbol y ya puedes mear…

No podía creer lo que estaba pasando. Aunque me había aterrorizado con el relato del lugar, ¿no esperaría que hiciera mis necesidades delante de ella y de las otras mujeres que nos observaban? Realmente estas mujeres estaban llevando todo aquello demasiado lejos.

– ¿Qué pasa ahora? ¿No te han enseñado todavía a mear y cagar?¿Creías de verdad que te iba a dejar pasar a un servicio como los humanos?

Irene comenzó a reírse a carcajadas, y con un movimiento, sacó de su funda la fusta y me amenazó con ella. Por un momento sopesé mis alternativas. Quería resistirme pero tenía al mismo tiempo tantas ganas de hacer mis necesidades que creía que iba a explotar.

– Te lo diré por última vez, ¡O haces tus cosas como un buen perrito o despídete de tu oportunidad hasta mañana!

No podía creer lo que estaba haciendo. Una vez más me humillaba delante de una mujer y me degradaba hasta ser un animal más. Me acerqué al árbol poco a poco y con trabajo levanté la pata y meé en su base. Justo delante de mí, Irene acercó una de sus botas y me ordenó que la lamiera. Allí me encontraba en esa posición, meando y lamiendo la bota de mi guardiana cuando noté que tenía ganas de hacer de vientre. Irene tuvo que notarlo porque ella misma me indicó como tenía que hacerlo:

– Por ser la primera vez, te voy a entrenar en la forma de hacerlo como un perro. ¿Te acuerdas de la postura de sentado? Sería algo así, pero levantando un poco tu sucio culo del suelo, vamos, hazlo de una vez.

Si ya me había costado mear de forma tan degradante delante de una adolescente que no apartaba su mirada, no podía imaginar cómo podría hacer aquello con una inquisitiva mirada sobre mí. Sin embargo, las ganas de hacerlo pudieron conmigo y tras un par de fustazos en la espalda, me rendí e hice lo que se me ordenó. Totalmente humillado, me sentía sucio, no podía caer más bajo ante aquellas mujeres. Irene me retiró un poco y sacó lo que parecía ser una bolsa de papel donde guardo mis excrementos.

– Hay que ser limpios, perrito. El ama siempre tiene que recoger vuestras caquitas del suelo para que no lo ensuciéis todo.

Su tono, como el de una madre con un niño pequeño, hacía aún más humillante cada una de sus palabras. A pesar de todo lo acontecido, sentí como físicamente me encontraba mejor después de descargarme. Irene no me dejó mucho tiempo para pensar en estas cosas, y cabizbajo, me tiró de la cadena y continuó dándome vueltas por “el patio”. Estábamos por una zona un poco alejada de los edificios centrales cuando mi vista se posó sobre una delirante figura que se iba acercando más y más, y que me demostró hasta donde ese infierno de la superioridad femenina y dominación del macho había llegado.

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Academia Femdom (VII)

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Cuando se abrió la puerta de la siguiente sala, instintivamente me eché hacia atrás para no entrar, pero mi cuidadora tiró de la correa con tal fuerza que me hizo seguir avanzando. La sala era amplia, pero más pequeña de lo que era el comedero. Pude observar como en la pared del fondo, otros cuatro hombres (o perros) estaban atados a sus respectivas argollas en la pared. Un reloj marcaba las 8 de la mañana. Una mujer alta que estaba delante de ello se giró de pronto saludando a Irene.

– Hola Irene, así que éste es el nuevo, ¿no? – dijo acariciándome la cabeza.

– Sí, al principio parecía dócil, pero ha demostrado ser un animal salvaje. – dijo echándome una mirada fría desde arriba.

– Bueno, eso cambiará con mi clase, átalo a su sitio, por favor. Y no te olvides de pasar a recogerlo después, ¿vale? Seguro que se porta bien, ¿verdad, guapo? Dijo metiéndome unos dedos en la boca.

– Más le vale. – dijo Irene saliendo de la sala.

La mujer o la que sería mi profesora canina a partir de ese momento era una mujer de mediana edad, nada que ver con las chicas que hacían de guardianas y cuidadoras. A pesar de rozar los cuarenta años seguía siendo atractiva y sus curvas naturales se veían acentuadas por el traje de profesora que llevaba puesto. Tenía el pelo negro azabache, suelto y largo por su espalda. De tez pálida y ojos oscuros, llevaba unas gafas de pasta de color negro e iba impecablemente maquillada. Su traje estaba compuesto por una camisa de color blanco entreabierta a la altura de sus magníficos pechos y una falda negra por encima de las rodillas mostrando sus impresionantes y torneadas piernas. A diferencia del resto de las mujeres que había visto, ella terminaba su atuendo en unas botas negras de tacón medio, cosa que era lo único que iba a poder observar desde mi altura.

– Bueno LAMEDOR, soy la señorita Alicia. Como eres nuevo, tengo que enseñarte las normas básicas antes de empezar con el resto de tus amiguitos. Mira lo primero que debes de saber es que nunca podrás mirar a una mujer otra vez a la cara. Ahora te he pescado haciéndolo, pero si vuelvo a verte cometiendo una infracción tendré que corregirte, así que a partir de ahora mantén la mirada baja y confórmate con admirar los zapatos y las piernas de tu dueña.

– Respecto al lenguaje, has de aprender lenguaje no verbal, pero por ahora, podrás utilizar un ladrido como sí y dos ladridos como no, ¿has entendido?

Con una mirada, observé el comportamiento de los demás hombres. Ninguno se movía un ápice, parecía que realmente habían aceptado su condición de mascotas. Alicia se impacientó y recogiendo una regla de encima de la mesa me pegó un golpe fuerte en el trasero haciéndome aullar.

– ¿Entendiste?

No me quedó otro remedio que ladrar una vez para dar mi consentimiento.

– No te preocupes, con el tiempo te acostumbrarás.

Poco a poco, Alicia me fue explicando los puntos que debería desarrollar durante mi estancia. Me sorprendió lo ordenado y escogido que estaba el programa de domesticación. Las mujeres habían diseñado científicamente una especie de asignatura para domar a los hombres y convertirlos en vulgares marionetas.

– Los otros perritos van un poco más avanzados que tú, pero no les vendrá mal repasar un poco.

– Deberás aprender gestos caninos para comunicarte con tu ama y a ladrar correctamente. A continuación te enseñaré las posturas básicas tanto para tu vida diaria como para las órdenes que se te den. Así mismo, algunos días a la semana realizarás trabajos físicos para mejorar tu agilidad y para que te acostumbres a andar a cuatro patas. Éste es el entrenamiento básico. ¿Has entendido?

Me sorprendí a mi mismo dando un tímido ladrido, ¿estaba realmente siendo domado por mis captoras?

– Eso está mejor, haré que te conviertas en un perro sumiso y obediente a Clara. No olvides nunca que ella tiene todo derecho sobre ti y que puede castigarte como le venga en gana.

Cuando nombró a Clara me di cuenta de que ella era la amiga que le había recomendado encerrarme en aquel lugar para domarme. Me las imaginé a ambas tomando café, riéndose y planeando mi doma despreocupadamente.

– Lo primero que tenéis que hacer en cuanto veáis a una mujer, sea a vuestra ama, a una amiga o a cualquier mujer sobre la faz de la tierra es lamer sus zapatos como forma de sumisión. Comportaos realmente como un perro, no penséis nunca, actuad. A partir de ahora debéis de dejar de pensar y obedecer sin rechistar a todas las órdenes que os dé una mujer. No voy a seguir porque me voy a meter en el temario de Ultrafeminismo, empezad a chuparme los pies, a ver qué tal lo hacéis.

En cuanto dijo la última palabra los otros cuatro hombres se tiraron corriendo sobre los zapatos de Alicia para besarlos y lamerlos. Se peleaban por lamer y limpiar con la lengua los tacones, la superficie de los zapatos e incluso partes de la piel de la profesora.

Temiéndome otro reglazo, me acerqué rezagado y comencé a lamer tímidamente donde pude. La profesora dio orden al resto de hombre de que se alejaran y me dejó solo adorándola.

– Saca más la lengua, se trata de limpiar y abrillantar los zapatos de una mujer con tu saliva, aplícate el cuento.

De alguna forma y si eso era posible, me sentí forzado a hacer las cosas bien, y me dispuse a lamer frenéticamente los zapatos negros de Alicia.

– Ya está bien, atrás. – dijo Alicia levantando la regla. – Lo segundo que tienes que aprender es a esperar y recibir correctamente a tu ama. Tobby te enseñará la postura correcta. Tobby ven aquí, ¡siéntate!

Para mi sorpresa, el primero de la fila se desmarcó de los demás y se sentó erguido sobre sus piernas dobladas. La lengua le colgaba de la boca haciendo ruido.

– Ahora tú, LAMEDOR.

Con un poco de vergüenza me acerqué a Alicia y me senté de aquella forma. Era realmente incómodo y costaba mantenerse un tiempo así. De repente, Alicia metió varios de sus dedos en mi boca. Pude ver de cerca sus uñas pintadas de rojo, sacando mi lengua.

– ¡A ver si aprendes! Imita en todo a los demás. ¡Sucio perro! La lengua siempre la tienes que tener fuera para respirar, por si a tu ama le apetece escupir o apagar un cigarrillo.

Un fuerte golpe en la entrepierna me hizo caer al suelo. El día no hacía más que comenzar y la pesadilla seguía su curso. Poco a poco iba abandonando la idea de escapar, ¿sería capaz siquiera a sobrevivir sometido a tan terribles dominatrix?

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Academia Femdom (VI)

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Con un movimiento rápido abrió la jaula donde me encontraba. Mientras empezaba a despertarme miré a mi alrededor y me percaté de que todas las otras jaulas estaban ahora vacías. Irene fue colocando lo que parecía ser una especie de tobogán que llegaba de mi jaula al suelo. Teniendo en cuenta de que me encontraba en lo alto del montón de jaulas, se hacía más que necesario.

Desde donde me encontraba podía ver los senos de Irene, frescos y firmes, ¿cómo podía estar pensando en esas cosas en tal situación? Me quedé un momento a la expectativa, sin saber muy bien qué hacer.

– ¿A qué esperas? ¿Ya empiezas a ser desobediente?

Irene tenía un tono de voz de niña caprichosa, que pegaba perfectamente con su cara angelical.

Hasta ese momento, no me había percatado de que nunca subía el tono de voz, es como si estuviera acostumbrada a dar órdenes y a ser obedecida sin rechistar. A pesar de su aspecto inocente, su figura imponía y no estaba dispuesto a empezar a recibir golpes por no salir de la jaula.

Tanto tiempo encerrado me había dado ganas de “estirar las piernas” si es que esto era posible.

Además, notaba como mi estómago pedía comida a gritos, seguramente ahora me darían algo de comer y me dejarían hacer mis necesidades. Por fin podría librarme de ese traje tan incómodo. No sabía cuánto me equivocaba.

Irene se agachó para colocarme la cadena, se acercó a la puerta abriéndola y tiró de mí.

– Vamos, perrito.

Al principio me costaba un poco andar con aquellas ataduras. No estaba acostumbrado a ir a cuatro patas y andar unos pocos metros me molestaba. Irene continuó avanzando hacia el fondo del pasillo. Desde la altura donde me encontraba sólo podía concentrarme en su estupendo trasero, firme, joven y marcado por el ceñido pantalón blanco, y en el sonido acompasado de las botas negras en el suelo. De repente, se paró delante de una puerta metálica, que abrió sin problemas. La habitación estaba vacía. Me introdujo hasta el centro de la sala, sobre un desagüe, atando mi cadena a una argolla que había en el suelo dejándome apenas libertad de movimientos.

El suelo estaba algo inclinado hacia mi dirección. Mientras observaba esto, ella se agachó a mi lado, sacó un llavero con un conjunto de llaves y me liberó del aparato de castidad. A continuación, hizo lo mismo con el dildo-cola que llevaba puesto. Estaba empezando a disfrutar la sensación de libertad cuando me sobresalté al contacto con el agua fría.

– Vamos a dejarte bien limpito. – dijo Irene acercándose con la manguera.

Para mi sorpresa, los materiales que me oprimían resultaron ser resistentes al agua por lo que no hubo necesidad de quitármelos. Cuando me hubo mojado bien, tiró la manguera al suelo y con una esponja comenzó a enjabonarme. Cuando llegó a mi ano y entrepierna, no pude evitar excitarme. Suponía que Irene me castigaría por ello, pero cuando me giré no observé ningún cambio en su rostro. Lo hacía todo maquinalmente, sin prestarme atención. Seguía sorprendiéndome el modo en que me trataba pues me hablaba lo mínimo y siempre lo hacía sin esperar ningún tipo de respuesta, como si hablara con un verdadero perro. Después de enjabonarme bien, volvió a tomar la manguera y me aclaró, esta vez con menos presión de agua.

Con delicadeza, tomaba mis orejas, que estaban en contacto con las orejas de la máscara de perro y me las acariciaba hacia atrás.

– Así me gusta, LAMEDOR, te estás portando muy bien.

Cuando terminó, colgó la manguera y me secó con una toalla. Cuál sería mi sorpresa cuando noté una ligera presión en mi ano, ¡estaba recolocándome el rabo de perro de nuevo! Me sentía totalmente humillado, pero aún saqué fuerzas para cerrarme todo lo posible y no dejarlo entrar.

– ¿Pero qué estás haciendo? – Era la primera vez que escuchaba a Irene con enfado – Abre tu culo ahora mismo o te juro que te vas a arrepentir.

He de reconocer que me acobardé un poco y cedí a su maltrato. Recordaba cómo me había pegado Clara aquel día y tuve miedo al dolor. Cuando hubo terminado, hizo lo propio con el aparato de castidad, otra vez, estaba totalmente atado. Su mirada de niña buena había cambiado y una expresión de odio se marcaba en su cara.

– Eres un indisciplinado. ¿Así es como me agradeces que hoy te haya separado de los demás para que te adaptaras más tranquilamente? Que no se vuelva a repetir.

La bofetada hizo un ruido tremendo en la sala, la cara me ardía. Con furia, me soltó de la argolla y a patadas me sacó de la sala. Seguidamente me llevó a una sala rectangular grande que ahora aparecía vacía. Podían verse una serie de bolsa de perro en el suelo con distintos nombres. Irene me hizo pararme justo delante de un bol de color rojo que llevaba inscrito mi nombre de mascota, el cual me señaló.

– Ya puedes empezar a comer.

Hasta ese momento no me había percatado del hambre que tenía. La sed también me atenazaba y decidí hacerle caso y recuperarme. Cuando me asomé al bol, descubrí las típicas bolitas secas para perros en la parte de comida y agua en el otro espacio. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido como para pensar que me pondrían comida normal? Irene se dio cuenta de mis reservas ante aquella comida, y esto pareció enfurecerla más.

– ¿Qué te pasa LAMEDOR? ¿No te gusta tu desayuno?

Mi entrenadora se agachó, y con una fuerza increíble me aplastó la cabeza contra el bol. No podía respirar, así que empecé a gruñir, sin poder hacer nada.

– ¡Come!

En un instante abrí mi boca y empecé a masticar la comida de perro. Ella se separó de mí y me observó desde arriba sosteniendo la cadena con una sonrisa. Mi humillación era máxima. El sabor de la “comida” era horrible, no sabía cómo los perros podían alimentarse de eso, yo hoy era uno de ellos. Cuando hube terminado el bol y me disponía a beber agua recibí otra bofetada que me hizo gruñir inconscientemente.

-¿Te he dado permiso para beber, perro? – dijo agachándose, estaba disfrutando con ello.

Abrió la boca y lentamente dejó resbalar por su boca una ración de saliva que fue a parar al bol.

Cuando hubo terminado, volvió a sonreír. Me estaba muriendo de sed así que no tuve otro remedio que beberme con mucho asco el agua con su regalo.

Satisfecha por su venganza, Irene me indicó que ahora que estaba limpito y comido era hora de que comenzara mi entrenamiento como perro. Para ello, me condujo a su vez por el pasillo hasta un ascensor que antes no había visto, me metió dentro y pulsó un botón. ¿Un ascensor? ¿Cuántas plantas tenía el recinto? Parecía que mi huida no iba a ser nada fácil.

Tras abrirse las puertas, vi que en el otro pasillo había más movimiento. Mujeres vestidas con el uniforme negro iban arriba y abajo haciendo resonar sus tacones. Algunas llevaban a su lado a otros perros, que las seguían dócilmente mirando al suelo. No pude hacer otra cosa que sorprenderme ante tan bizarro negocio.

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