AVE

dos-rombos

Mario y Cristina se dan cita en un céntrico hotel de la capital. La consigna principal consiste en encontrarse directamente en la habitación, a oscuras y sin mediar palabra. Solo sus cuerpos se comunicarán mediante el único lenguaje que les es propio:  el de la piel. Sin que nada más tenga cabida salvo la consumación de su propio deseo. Ni una vocal, ni un monosílabo. Todo oscuridad, solamente ellos.

Mario lleva un rato en la habitación, fue con tiempo suficiente para prepararlo todo. Ha sustraído las bombillas de las lámparas, sellado las persianas y desconectado el móvil para que ni la tenue luz de la pantalla pueda filtrar un gramo de claridad en la habitación.

Cuando llega la hora, Cristina abre la puerta tal y como habían quedado. Él la espera en el centro de la habitación con nerviosismo. Ella camina poco a poco hasta encontrarse con él. Ahora ya muy cerca el uno del otro alargan sus brazos hasta tocarse. Primero llega él que con delicado asombro recorre con su índice el rostro de Cristina. Es tal y como se lo había imaginado, de anchos y angulosos pómulos, mentón respingón y piel de melocotón. Ella hace lo mismo y se encuentra con los detalles que él le advirtió: una barba espesa que recorre con sus dedos para luego abrirse paso entre su pelo ensortijado. Él es el primero en lanzarse para ir más allá y empieza a reseguir con la yema de su índice la delgada línea que separa el cuello de su espalda. Los dedos responden a la suavidad del tacto hundiéndose en la carne y caminando poco a poco hacia la espina dorsal como único camino a seguir. Mientras tanto el tejido del vestido cede ante su tacto y con sutileza se adentra en la curva cóncava de su cóccix y en ese momento Cristina le frena con un ligero respingo arrugando sutilmente la nariz  (como si el olor que desprende Mario le hubiera llamado la atención).  Mario atiende a la señal como un sutil rechazo y se preocupa pensando que quizá Cristina no quiera seguir jugando con sus reglas. Pero el gesto de ella es tan solo un delicado toma y daca para abrirse paso. Parece que el tacto de Mario sobre su piel y el olor que éste desprende ha logrado excitarla antes de lo esperado. Los meses tras la pantalla del ordenador esperando el ansiado encuentro han conseguido que la temperatura ascienda precozmente. Mario no acaba de creérselo, la mujer que lleva deseando durante meses, protegido por la red, le reclama y se deja hacer sin pensar en las consecuencias que cualquier fallo podría originar. Cristina sigue rozándose cuando su mano desciende hacia la entrepierna de Mario y halla el regalo que lleva tanto tiempo esperando. La recepción de la mano de Cristina es recibida con satisfacción.  Mario está en la cumbre de su excitación y no aguanta más, la desea allí, ahora mismo. Sigue leyendo

Anónimos

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El cuarto estaba poco iluminado. Un caballero cierra la puerta del cuarto. Mira hacia la cama donde esta acostada boca arriba una dama en la cama. Se encuentra completamente desnuda, las sombras del cuarto no dejá verla completa. Se le puede observar, lo hace tener hambre. Esa hambre que le da a uno pero no es de ninguna comida. Es por la piel de esa persona que deseas dominar en ese momento. Camina hacia la ventana del cuarto, mueve las cortinas hacia los lados para que un poco de luz entre al cuarto. Cuando da la vuelta mira el rostro de la mujer que presenta una interrogante. “Para que tu cuerpo se vea mejor en este momento”. Ella sonríe con una sonrisa muy coqueta. Se mueve hacia su costado. Exponiendo ambos pechos hacia la luz. El tipo de mujer que hace hervir la sangre de un hombre.  “ ¡Señor! ¿Qué es lo que me vas hacer?” La mira mientras se sonríe una sonrisa malvada. Comienza a caminar hacia ella mientras se va quitando la camisa de botones y mangas largas que tiene puesta. Se pasa la lengua lentamente por sus labios, dejándolos mojados por completos. “No sabes que pasara” No lo dice en forma de pregunta. “Estas completamente desnuda en mi cama. ¿Pero no sabes que vamos a hacer?” Se sienta un lado de la cama, sube su vista de los pies hasta tu rostro. La mira como un cazador estudiando su próxima presa. Lentamente pasa la mano desde los pies hasta detenerse en sus muslos. Sus dedos se tornan en exploradores de nuevas tierras. Al llegar  arriba de la rodilla se detiene. “¿De verdad no sabes que pasará en este momento? Estoy seguro que sabes muy bien”. Mientras ella se muerde sus labios. Comienza a mover su mano hasta llegar sus muslos. Sus piernas abren como la compuerta del castillo, otorgando una invitación táctica a continuar con el gozo. Con un solo movimiento introduce el dedo profundamente. El gemido que acompaña el moviente es delirante. El solo sonríe al verla que su cuerpo se retuerce de placer al realizar esta movida. “¿No esperabas eso verdad?” Ella no dice nada solo puede siente el movimiento dentro que le quita todo forma de expresarse. Lentamente retira su dedo de ella, solo siente como su cuerpo tiembla a la situación que esta pasando.

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Amor de Café

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Le arranco la camisa, los botones vuelan, con el hambre de un náufrago nos comemos mutuamente la boca, nos besamos salvajemente mientras manoseo su cuello con mis manos. Me quita la ropa a tirones. Ese look de oficinista me vuelve loco, tan pulcra, con sus pequeños anteojos de marco negro, y a la vez tan indecorosa con su ropa interior de encaje…rebotamos contra los azulejos en las paredes del baño, sin darnos cuenta activamos el ruido a turbinas de un secador de manos y casi instintivamente nos encerramos en un cubículo, ella cierra la puerta. La tomo por detrás, le beso el cuello y nuestros brazos se suman, se multiplican, la tomo del pelo, desarmo ese prolijo y hasta prepotente rodete, y la hago agachar brutalmente tironeando de pasión, su espalda era hermosa, impoluta, perfecta. Era rubia, traslúcida, blanca como la nieve, solo un lunar en su costado derecho interrumpía aquella escultura en mármol, le dejo el corpiño puesto pero le levanto la minifalda, sus nalgas resplandecían.  Bajo mis pantalones, corro su diminuta ropa interior blanca y… Sigue leyendo

Rondó Veneciano

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– Podéis llamarme Chiara- al hablar su aliento rozaba la piel de Cavallieri y le hacía sentirse todavía más atraído por ella. Le había dado un nombre que sin duda era falso pero al notar sus labios buscando de nuevo su boca Alfredo pensó que en el fondo no importaba demasiado. Ella le había mandado llamar por algún motivo y de momento no iba nada mal. Si después de los besos había de morir, ya podía morir en paz.

Era enigmática y a Cavallieri le gustaba el misterio. Una mujer que se entregaba pero que a la vez le ocultaba sus intenciones y hasta su nombre real merecía que se le tuviera en cuenta. Sigue leyendo

Rondó Veneciano (I)

La noche caía sobre la Serenísima cuando el caballero salió de su casa dispuesto a perderse por las calles de la ciudad, iluminado sólo con la luz de un candil.

Había rechazado inconscientemente la compañía de su fiel criado y nada más dar unos pasos se arrepintió de esa decisión irracional y precipitada. Múltiples peligros podrían acecharle en una noche de Carnaval y sólo tenía para defenderse un puñal bien oculto entre sus puños de encaje blanco. Tricornio, tabarro y baúta, todo negro, contrastaban con ellos y con la máscara de cuero blanco que le cubría la mitad del rostro. En las manos, guantes de piel del mismo color y las piernas cubiertas de finas medias; debajo se intuía más que se veía un delicado traje de seda ocre con estampados grises. Balanceaba al caminar un bastón de delicada empuñadura de plata mientras con la otra sostenía la única luz de la calle. Sigue leyendo

Relato de médicos

Acababa de llegar al hospital, todavía sentía las palpitaciones vaginales por el orgasmo alcanzado después de la deliciosa masturbación que había experimentado durante el baño antes de salir rumbo al hospital. Todavía continuaba con la fantasía de tener una affaire con un paciente…..eso no había podido llevarlo a cabo dado que apenas tenía unas semanas de haber llegado a ese lugar, pero la idea fija de que alguna de esas noches, un paciente atrevido se prestará a mi fantasía.

Ese día, bajo mi bata blanca, portaba un sexy vestido, a la mitad de mis piernas, algo entallado pero dejándome moverme con libertad, escotado sin ser provocativo, pero lograba dar una idea de mis curvas y mis atributos pectorales, en resumen, era un vestido sensual que me había lucir como me sentía, femenina y provocativa. Me colgué el estetoscopio y en una de los bolsas de mi bata coloque un termómetro rectal, que me habían dado cuando estuve en pediatría y tenía que devolverlo, así que para que no se me olvidará lo puse dentro de mi bolsa.

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